En la entrada anterior escribí sobre la inmasticable palabra de 39 letras que apareció en uno de mis exámenes de alemán. No temas,
…La profesora hizo la explicación del caso pero de todas formas entró a un diccionario en línea para ver qué traducciones ofrecía. Y sucede que una de los ejemplos en contexto (una oración completa) era traducida así: “tendré que hacerlo yo, ¡coño!” Se notaba que la traducción era española, es decir, lo notamos todos, menos la profesora, que nos dijo que nunca había visto esa palabra y preguntó qué significaba. Pueden imaginarse ahora la famosa escena de anime/manga: el salón de plano en silencio, todo se congela, pasa el cuervo volando a la distancia, aparecen las llamitas en el fondo. Un par de alumnos le explicaron entonces que era una lisura, palabra soez, mala palabra, etc., y que sería algo como “maldita sea” (se inhibieron de usar términos más fuertes), a lo que la profesora contrarestó comentando que, si aparecía en un diccionario en línea, entonces no debía ser tan mala. Ejem. A continuación, nos dijo que la palabra le recordaba a “cono”, que además de la figura geométrica, es así como llamamos a los puntos de expansión urbana (los suburbios) al norte, sur y este de la capital. No al oeste de Lima, claro está, a menos que a alguien le dé por hacer un distrito acuático (al oeste de la capital está el Oceáno Pacífico).
Si creen que la profesora preguntando qué era “coño” fue suficiente para que a la gente le saliera casi la típica gota de roche (sweatdrop) de anime/manga, imagínense cómo fue cuando ella comentó que la palabra le sonaba a (EJEM) “coño norte”, “coño sur”, etc… Bueno, todos sabemos que quiso decir “cono”, ¡y es que las palabras se parecen, pues!
Hace varias entradas escribí que mis paquetes se habían vuelto a demorar. Descubrí que no eran los paquetes, ni siquiera el servicio postal en pleno, sino sólo la oficina distrital. Por alguna razón, no me han estado entregando las notificaciones para ir a recoger los paquetes, vaya a saber uno porqué. Hace un par de sábados pasé por la oficina por la tarde para preguntar sobre los paquetes, y lo primero que me dijo la encargada al verme fue, “¡ya se me hacía raro que no vinieras!” Desde que vivimos en el pueblo habré estado recibiendo al menos un paquete cada quincena, así que soy casi una caserita de la oficina postal. No fue la primera vez en que por alguna razón el cartero no me entregó las notificaciones de arribo de paquetes, pero sí ha sido la primera en que recoge mi correspondencia el sábado, y la mencionada notificación llega recién el lunes. Pueden hacer ¡plop! si les parece.
Iba a pasar por la oficina el fin de semana para preguntar sobre otros paquetes, pero olvidé que el sábado era feriado. Fui hoy, y como Murphy y sus leyes estaban en plena vigencia, en vez de la encargada de siempre había otra atendiendo. No me quiso dar los paquetes sin el DNI (como escribí, soy tan caserita de la oficina que la encargada regular no se hace problemas para entregarme paquetes a mí o dárselos a mi hermano), así que tuve que regresar a buscar el documento. Y luego, me hizo más problemas porque mi firma no era igual a la que figuraba en el DNI. Eso amerita explicación aparte.
La firma de mi DNI es la rúbrica, o intento de una, que estampé en el formulario cuando apenas saqué el documento, hace como una década. En ese tiempo apenas estaba “sacando” una rúbrica: escribía la inicial de mi segundo nombre, mi apellido paterno completo, y la inicial del materno. Pero después comencé a escribir en letra de imprenta en vez de corrida, lo que me hizo más difícil hacer la rúbrica en un solo trazo, y terminé por cambiar mi firma cuando obtuve mi primer trabajo como profesora de inglés, dando clases en un curso de verano. Tenía que firmar las cartillas de asistencia de los 60 estudiantes después de cada clase; ni qué decir que a los dos días ya no escribía mi nombre completo, sino sólo los trazos de las iniciales de mi nombre y el apellido materno.
Ya que la firma que aparece en el DNI se conserva en la base de datos, me parece que no puedes cambiarla. Como me dijo cierto abogado en una ocasión (quien de paso me llamó la atención por el garabato que tenía de rúbrica), hay que firmar con el nombre completo. Cla~ro, la gente que dice eso no tiene que rubricar 60 firmas al día (el abogado del que comento estampaba su firma a diestra y siniestra en su notaría, pero tómese en cuenta que cad auna de sus firmas costaba una cantidad considerable a sus clientes, así que no veo porqué habría de quejarse él. Más bien, considero su trabajo como una excepción.) En todo caso, será mejor que vaya practicando mi rúbrica para que se parezca más a la que figura en mi DNI: en aquella ocasión en la que tuve que firmar unos documentos en la notaría, me la pasé haciendo varias “pruebas” de ensayo para que las rúbricas concordaran, no vaya a ser que la gente de los trámites burocráticos se pusiera exquisita con las curvas y los trazos. Pero no creo que logre hacer que mi firma se vea idéntica a la de mi DNI ya que, como escribí, desde hace años que ya no uso mi letra cursiva.
La semana pasada mi ex colegio hizo su acostumbrado bingo anual. Es una actividad que comenzó hace un par de décadas, más o menos, y que todos los años repiten. No tiene nada de especial, pero en esta ocasión mis hermanos y yo nos dimos una vuelta por el colegio para ver cómo estaban las instalaciones. Porque sabemos muy bien que la calidad educativa ha bajado tremendamente desde las lejanas épocas en que yo estudiaba, pero tengo que reconocer que, aparentemente, no sólo han estado usando el bingo para profondos sus bolsillos, sino que han invertido en mejores locales, aulas y ambientes. Tomé varias fotos; en cuanto las saque de la cámara las postearé en mi blog. Como para recordar los años escolares y tararear esa canción del grupo peruano de punk Leuzemia, Al Colegio No Voy Más (cuyo emblemático estribillo decía, al colegio no voy más, ni huevón).