Nada Que No Hayas Visto Antes, Cap. 2
Capítulo 2: Intenta No Decirlo
La preparatoria de Domino pasaba por, acaso, la única en toda la ciudad, a no ser por Bakura, que era un alumno transferido, hecho que ponía de manifiesto la existencia de algún otro refundidísimo centro de estudios. Algún día lo buscarían.
Esa mañana no daba señales de ser extraordinaria o particularmente memorable, aún. Los estudiantes llegaban al centro con puntualidad japonesa, pero los del segundo año de la prepa lo hacían como si tratara de un deber cívico-patriótico. Llegaban hasta el salón de clases como el resto de los mortales, pero esperaban pacientemente y en silencio en el pasillo hasta que se les indicara que podían pasar. Cada nuevo amanecer y salida del sol los sorprendía en perfecta formación frente a las puertas, pensando invariablemente en el sentido de la autoconservación y la importancia de seguir respirando, objetivo final de todo ser viviente, después de todo. ¿Dónde estaba lo cívico-patriótico en eso? Pues, que sólo el deseo de completar la enseñanza y serle útiles al país podían explicar cómo era que seguían asistiendo a clases con semejantes condiscípulos.
Esa mañana no había dado aún señales de ser extraordinaria o particularmente memorable cuando Honda y Bakura cruzaron el umbral de la puerta y se encontraron con Yuugi en su carpeta. Era el único ocupante del salón y había llegado más temprano que lo común en él.
-Hola, Yuugi –saludó Bakura, sonriendo mientras cerraba la puerta tras de sí.
-Feliz resurrección –dijo Honda, pasando a su lado y camino a su carpeta-. ¿Qué haces tan temprano por aquí? Digo, ¿qué haces tú aquí?
Yuugi se había estado despatarrando hacia la derecha de su carpeta. Se acomodó en su sitio, estiró las piernas y comenzó el despatarramiento vertical.
-Hola, Bakura –contestó, arrastrando las palabras-. Me siento como una mierda y le estoy ahorrando la experiencia a mi compañero –le dijo a Honda, pero ni siquiera lo miraba. Tenía la vista perdida en algún punto de la cercana pared del fondo del salón.
-Se llama resaca. ¿Todavía te dura? Pensé que en un día se te quitaría. –Honda acercó una carpeta a la de Yuugi y se sentó en ella-. No tenías que haber venido.
-Mi compañero insistió. Digo que dos días eran muuuuuuchas faltas.
-Ah, eso quiere decir que sí hablaron. Para la próxima les recomiendo cerveza en vez de tragos fuertes. La cerveza mata menos rápido.
Esa mañana no había dado señales de ser realmente extraordinaria cuando Jounouchi se materializó en la puerta del salón.
-Hey, hola –saludó, a la vez que cerraba la puerta corrediza con un pie-. Allí está, hombre.
Sus cosas atravesaron el salón por sí solas antes de aterrizar en su carpeta. Jounouchi siguió luego la trayectoria de su maletín y fue a sentarse con el grupo.
-¿Y? ¿Qué cuentas? –preguntó el rubio-. Tienes una cara digna de mejor causa.
-La cara combina con los ánimos –comentó Honda.
-Aparte de que es el mismo muerto de ayer –dijo Jounouchi-. Yo estaba esperando ver al muerto fresco, o sea, al otro Yuugi…
-Creo que Honda tiene razón: no debiste venir al colegio, Yuugi -dijo Bakura.
Los tres amigos guardaron silencio un momento, se miraron entre ellos y se hicieron mentalmente la misma pregunta: “Y ahora, ¿cómo le sacamos lo de ayer?”
Honda recibió la respuesta vía psíquica, y dijo:
-Podemos acompañarte de regreso a la casa. Si no te sientes con ganas ahora, ya hablaremos con el otro Yuugi después…
Yuugi se enderezó en la carpeta, abrió la boca, cerró la boca, estuvo a punto de decir algo, y volvió a cerrarla. Parecía que la resaca se le estaba yendo como por arte de magia. Un milagro.
-Ah –dijo al fin-. De eso tenía que hablarles yo… –Pausa. Sus tres oyentes se acercaron a él para escuchar lo que fuera a decir-… Cuando lo recuerde.
-¿Lo que dijo Bakura era bien cierto? –preguntó Jounouchi-. ¿Que no te acuerdas de nada?
-¿Dudaste de mí, Jounouchi? –preguntó a su vez Bakura, aunque sonaba más divertido que molesto.
-Claro. Ahora ya no le creo a nadie ni lo que come. Pero por seguridad, tú sabe. Cuentos hay por todas partes…
-Mira, Yuugi –dijo Honda, poniéndose de pie y apoyando una mano en el respaldar de la carpeta-. A esta paranoica con principios de histeria no le hagas caso. Estábamos esperando a que sacaras el tema a flote para abordarlo…
-Silencio, maraco –interrumpió Jounouchi-. Yuugi, como ya te diste cuenta de que estamos aquí para ayudar, sólo tienes que decirnos cómo y cuando, hombre.
-Sorpréndeme más y sigue pensando, Jounouchi –alentó Honda-. Ya escuchaste la opinión femenina del grupo, Yuugi. Estoy completamente de acuerdo con la histérica. ¿Qué, tienes otro ataque de inteligencia y quieres agregar algo más?
-El ala maraca de la facción lo ha dicho. Claro que no te cuento a ti, Bakura –aclaró Jounouchi-. Al menos creo que nos ponemos de acuerdo en eso.
Yuugi comenzaba a esbozar una sincera sonrisa cuando la mañana pasó de ser extraordinaria a, sencillamente, memorable: Seto Kaiba apareció en el marco de la puerta. La cerró con el mismo movimiento fluido con el que la había abierto, y miró a los cuatro (contaban por seis) reunidos en el salón. Encontró con la mirada a Yuugi, que había regresado a uno de sus acostumbrados silencios fríos, y no le quitó los ojos de encima mientras terminaban de mentarse visualmente las madres que ninguno de los dos había conocido.
Sólo al cabo de unos instantes, Kaiba salvó la distancia que lo separaba del grupo, pero sin romper el contacto visual con Yuugi. Como éste no hizo ningún movimiento, Jounouchi tampoco se inquietó, y tan seguro como estaba el rubio de poder golpear primero si el otro atacaba, Honda lo estaba de que Kaiba no intentaría nada. Honda no se movió, ya que vio que no había razón para hacer lo contrario.
Cuando estuvo a unos pocos pasos de él, Yuugi se llevó la mano a uno de los bolsillos de su chaqueta, sacó algo, y antes de que pudiera sostenerlo en alto, Kaiba se lo arrebató. Aun mantuvieron las miradas cruzadas por unos instantes; luego, Kaiba dio media vuela y salió del salón como había entrado.
Abrió el relicario y contempló la fotografía del pequeño. Lo cerró y lo sostuvo en las manos unos momentos antes de pasar la soguilla por la cabeza y dejar descansando el relicario sobre su pecho.
La soguilla estaba intacta y sin señales de haber sido forzada, así que él se lo habría quitado de buenas a primeras o, en todo caso, voluntariamente. Estaba absolutamente seguro de no haber dejado olvidado el relicario en la habitación del hotel; no lo había encontrado entre su ropa cuando se vestía. Pero, en verdad, él no lo había buscado, sino que había asumido que seguía colgando de su cuello. Llevaba ese relicario como si fuera parte de él, casi como si fuera su dogal.
Nunca abandonaría ese relicario, ni mucho menos lo abandonaría. Si había llegado a manos del otro, sólo le quedaba suponer (aceptar) que él se lo había dado. Pensó que la noción no sería tan insoportable una vez que recordara porqué se lo había entregado.
Kaiba estuvo presente en las clases matutinas. Sentado en su carpeta, permaneció en silencio durante toda la mañana, y ajeno a la escuela, sus condiscípulos (salvo una excepción) o la clase. Lo que, en verdad, no variaba mucho de su rutina acostumbrada. Si alguna vez alguien se preguntó para qué (y por qué) se dignaba asistir en la escuela en primer lugar, la única respuesta viable sería por su sentido del deber. Del deber de dar el ejemplo a su hermano menor.
Kaiba no gastaba saliva: hablaba con acciones.
Pero toda esa mañana había transcurrido con él sentado en su carpeta, inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre el tablero, la mano derecha cogiendo la muñeca izquierda, la mitad del rostro oculta y los ojos clavados en otro condiscípulo de la clase.
En la escuela, mientras que Yuugi y co. Solían tratarlo como si fuera invisible, Kaiba respondía el gesto actuando como si ellos fueran inexistentes. El resto de sus condiscípulos no ameritaba ser reconocido por él, pero con este grupo se tomaba la molestia de darse por enterado de sus existencias y luego actuar como si en verdad fueran insubsistentes. Era una relación simbiótica que no admitía quejas, aunque sólo funcionara en horas de clases.
En la escuela, en esa mañana en particular, Kaiba se estaba tomando la molestia de anunciar a todo el que quisiera saberlo, que tenía los pensamientos (cualesquiera que fueran) centrados en Yuugi.
Y Yuugi, sentado en su carpeta, apoyado en el respaldar, las piernas estiradas por delante de él, no podía sino responder a tan inusual muestra de interés en su persona, que ignorando olímpicamente al mentado en cuestión. Así lo dejaba ver por su comportamiento exterior, por más que en el interior estuviese haciendo un recuento mental de todos los antepasados de Kaiba y lo infelices que debieron haber sido. Al menos, parecía que la resaca se le estaba evaporando del cuerpo.
Acabaron las clases de media mañana y llegó el primer descanso. Los alumnos dejaron el salón; un hecho de envergadura y trascendencia se cernía sobre ellos eminente e inminentemente, podían sentirlo, y evacuaron sin más. Sólo permanecieron los dos (tal vez eran 3) involucrados y los tres (contaban por 4) testigos.
Kaiba se puso de pie en cuanto salió del aula el último insignificante. Alcanzó la carpeta del otro en tres pasos y se le plantó en frente. Yuugi solía tratar con otros cuando éstos estaban a la altura de sus ojos, o mirándolos hacia abajo, pero en esta ocasión tuvo que levantar la vista para mirar a Kaiba. Seguía sentado y no sentía con ganas de levantarse; de cualquier manera, podía barrer con la mirada a quien sea en contrapicado.
Kaiba pensaba ahorrarse acciones para gastar saliva.
-Ayer dejaste en claro algunos puntos –dijo, mirándolo desdeñosamente-. Si es que lo recuerdas, por supuesto. Y yo pienso dejar en claro algunos otros…
Yuugi se estiró en la carpeta, apoyándose en el respaldar. Puso las manos en los bolsillos de su pantalón, como si el asunto a tratar estuviese más allá de su entendimiento.
-¿Qué, Kaiba? ¿Quieres hablar? -Cruzó las piernas-. Entonces, puedes hablarle a mi taba. –Movió el pie izquierdo, que tenía suspendido en el aire, y lo miró con desgano-. No dice mucho… Pero sabe escuchar. Entiende las razones mejor que yo…
Kaiba lo miró medio segundo y, echándose hacia adelante, puso una mano en la carpeta mientras que con la otra cogía a Yuugi del cuello de la chaqueta.
-Maldito malnacido. En otras circunstancias, pasaría a romperte la cara…
-Mi taba también tiende a ponerse filosófica cuando se le cruzan en el camino algunas costillas…
Se escuchó movimiento a espaldas de Kaiba. Uno de los espectadores –Jounouchi- había hecho un primer intento de incorporarse y unirse a la interactiva logomaquia. Honda cogió del brazo al rubio antes de que diera un paso y lo regresó a su sitio.
Kaiba soltó a Yuugi, se enderezó, y con los mismo contados pasos con los que se había presentado ante aquél, giró en redondo y salió del lugar sin dirigir una mirada a nadie. Por su parte, Yuugi se arregló la chaqueta en silencio, se puso de pie y salió del salón, aunque se cuidó de usar la segunda puerta del aula y desaparecer en la dirección opuesta a la de Kaiba.
Atrás quedaron los testigos.
-Bueno, ¿y qué fue? –preguntó Jounouchi, despatarrándose en su carpeta-. Si lo has entendido, Honda, dígnate hacerme partícipe de tus grandes habilidades de deducción e ilumíname el asunto.
Pero Honda parecía tan extrañado como el rubio.
-Hoy ha sido un día verdaderamente extraordinario –dijo-. O, tal vez, sólo más cagado que los anteriores. Como sea, ¿soy yo nomás, o también tus paupérrimas neuronas se están negando a creer que Kaiba tiene algo que ver con Yuugi?
-Mira, si yo lo creyera, este día no estaría más cagado que los anteriores –se computó Jounouchi-. No: si yo lo creyera, este día se hubiera ido al carajo hace rato.
-¿Y qué necesitas para convencerte del viaje al centro de la mierda de la jornada de hoy? ¿Saber qué le quitó Kaiba a Yuugi cuando llegó?
Bakura, que había seguido las incidencias en un mutismo absoluto, e incluso ahora no parecía muy inclinado a unirse al debate, cogió a Honda del brazo y, apoyándose en él, dijo:
-Era su relicario.
-¿El relicario de Kaiba? –preguntó Honda, mirándolo con sorpresa-. ¿Cómo lo sabes?
-Yuugi lo tenía en el bolsillo de su chaqueta ayer.
-Y Kaiba esperó hasta hoy para pedírselo de regreso, ¿no? –dijo Jounouchi, a quien las neuronas se le estaban asentando, al fin, en el fondo del cerebro. Estaba hilvanando ideas-. Pues, eso me dice algunas cosas… ¿Y por qué no lo dijiste antes, Bakura?
-No pensé que les interesaría saber a quiénes ando bolsiqueando. –Pero antes de que le replicaran, agregó:- Estoy bromeando. Se lo encontré cuando arreglaba su chaqueta. Si Yuugi no lo dijo, ¿por qué tendría que haberlo hecho yo? Además, siempre es divertido ver un espectáculo que uno no ha montado. –Y antes de que intentaran replicarle, volvió a añadir:- Estoy bromeando.
-Hey, hombre –saludó Jounouchi, las manos en los bolsillos y caminando con total parsimonia-. Te andaba buscando. Ni Honda ni Bakura pensaron que sería buena idea aparecerse ante ti justo ahora.
-¿Por qué? –preguntó Yuugi, sentado en el suelo y recostado contra la rejilla de seguridad de la azotea-. A ellos no los putearía ni peor ni más que a ti. Que vengan, si quieren.
-Me dejaron encargado de recibir toda la puteada que puedes tener para ellos. –Jounouchi se sentó a su lado-. Así que no escatimes insultos ni putamadreadas. Expláyate cuanto quieras: yo les haré llegar todo. Sin falta.
-Hmph, pues en estos momentos no me siento con ganas de nada, ni siquiera puteadas. A menos, claro está, que quieras escucharme putear a Kaiba o algo así.
-En cualquier otro momento, encantado, pero ahora no. Pensaba preguntarte si ya estabas como para hablar con nosotros…
-Pensaba contestarte que no, pero da lo mismo. El cuerpo es de mi socio, y como de cualquier manera no podemos separarnos, no me queda mucha opción.
-¿Quieres que sea Yuugi el que nos cuento qué pasó? –Jounouchi no paraba la situación-. Si casi te nos mueres cuando Honda te sacó lo de ir a hablar con él…
-No quiero que sea mi socio el que les cuente lo que pasó. –La azotea estaba desierta, salvo por esos dos. Medida de seguridad escolar: los alumnos sabían que tenían que desalojar si Yuugi Mutou y co., con Seto Kaiba incluido de yapa, andaban por las cercanías-. De hecho, no quiero que sepan lo que pasó. Pero como te dije, no me dejan muchas opciones. Sé que mi compañero les contará de todas maneras.
-Al tiempo, tiempo, ¿no? Bueno, si tú no sueltas nada, nosotros seguimos con la duda, pero nos hacemos los locos y todos vivimos felices. Mira, acá yo, el maraco y su hombre aceptamos cualquier cosa de ustedes… ¡Digo, pues! Cualquier rareza, maracada o revelación a estas alturas ya no sorprenden a nadie y, total, los amigos están para ayudarse…
-Supongo que tengo que agradecerles el apoyo incondicional…
-…Ayudarte, por más que nos dejes con la palta de saber qué era lo que quería decirte Kaiba…
-…Agradecerles el apoyo casi incondicional. Ah, Kaiba. Sí, ése. Si Kaiba quiere hablar, pues mi taba siempre estará dispuesta a escuchar de sus cuitas. Mira, Jounouchi, si hay algo peor que pisar mierda, es pisarla sabiendo que está allí. El imbécil me tiene lo bastante cojudo ya, ¿para qué darle más vueltas al asunto? Ah, se me olvidaba: si no le gusta mi taba, pues que se vaya al carajo y que se joda.
-Como te iba yo contando –dijo Jounouchi, súbitamente interesado en lo azul y lejano del cielo-, nos dejas con la palta de saber qué quería Kaiba…
-Ah, sí. ¿De qué hablábamos, Jounouchi? ¿Algo sobre Kaiba jodiéndose?
-No, era algo antes de eso. ¿Kaiba yéndose al carajo, quizás?
-Hmmm… Me parece que decía yo que, sin importar lo que haya dicho o querido decir el imbécil, igual se hubiera hecho merecedor de un encuentro íntimo con mi taba.
-Lo que quiere decir que ni tienes ni la más peregrina idea sobre lo que Kaiba quería ladrar, ¿no? Bueno, con eso ya me dijiste que tú también desconoces mayormente…
-Siempre puedo pretender que no sé nada. Y ustedes pueden seguir haciéndose los locos.
-Con razón decía Bakura que es un cague de risa ver un espectáculo ajeno. No lo tomes a pecho, hombre. De ti no nos reiríamos. Bueno, al menos no hasta nos enteremos de cómo va el asunto.
-Jounouchi, dejándome de sandeces de una vez, quisiera decirles que no se preocupen por nosotros. Todavía no.
-Hablas en plural. –Jounouchi dejó de mirar las nubecitas pasar y regresó la vista a Yuugi-. ¿Que no nos preocupemos por ti y el ojón de Yuugi? Todavía no lo hemos visto con vida desde tu resurrección, por cierto.
-Mi socio tiene más ganas de hablar con ustedes que lo que a mí me parece.
-¿Para pasarnos el descargo? Otra palabra que aprendí del maraco de Honda… ¿Cómo dicen que dicen? ¿”Escucha a la otra parte”?
-Mi socio tiene ganas de echarme la culpa…
-…O sea que la culpa no es compartida –acicateó Jounouchi, que se había dado cuenta de que Yuugi había pisado la pajita, al fin.
-¡Pero si fue él el de la idea de salir con el imbécil de Kaiba! ¡Y después me cojudean a mí, ¿no?! –En ese momento, Yuugi se dio cuenta de que, efectivamente, había pisado la pajita y metido las cuatro patas hasta el fondo-. Ah, carajo –dijo.
No se cruzó con muchos estudiantes en el pasillo: preferían evitarlo. Había decidido que no tenía porqué soportar un minuto más en el colegio, ni siquiera para guardar apariencias. No creía que alguno de sus condiscípulos o maestros tuviera una palabra en su contra si los privaba de su presencia por el resto del día.
La escuela tenía una sola entrada y una vía de salida posterior, y lo último que podía desear era a los estudiantes en pleno siendo testigos de su partida. Su partida quizás fuese entendida como una huida. Su partida, sobre todo, podía ser entendida como una huida. Lo que pensase el resto era una insignificante sandez para él, pero lo que pensara cierta persona sí tenía repercusión. Luego se preguntaría desde cuándo era que le daba tanta importancia a esa persona.
A trancadas por el pasillo, no miraba ni a izquierda o derecha, ni esperaba que lo miraran a él. Pero cuando pasó junto a uno de sus compañeros de clase, escuchó:
-¿Buscando la salida, Kaiba? Vas en sentido contrario.
Aminorando un poco el paso pero sin detener la marcha, Kaiba respondió lo bastante alto para que todo el que deseara escucharlo se enterara:
-¿La salida está en tu dirección? Más razón entonces para no usar esa misma puerta.
-¿Y no piensas ni acompañarme a la salida?
-¿Qué ladras? –preguntó Kaiba, a varios pasos de distancia-. No importa. Ya me voy.
-Bueno, podríamos hablar en el camino. Yo sí sabría escucharte.
Kaiba se detuvo al fin y miró por sobre su hombro a Bakura. Curiosamente, está allí por sí solo y no como la sombra de Honda, como era común en él. Aunque, claro, éste era el otro Bakura. A Kaiba no le interesaba saber más de él que del resto de sus condiscípulos, pero éste en particular no era cualquier nimio anónimo.
-Cuando desee escucharte gañir, me aseguraré de hacértelo saber –le dijo.
Bakura tenía en el rostro una velada expresión de sorna.
-Te recuerdo que eras tú el que quería plañir; yo sólo me ofrecía a escucharte. –Bakura se llevó una mano al cuello y ladeó la cabeza ligeramente, como si considerara algo-. Pero puedo entender el que me rechaces. Que rechaces mi ofrecimiento, es decir. Sabes, Kaiba, si hay algo peor que pisar mierda viendo que está allí, es pasarla de tus pies a las manos cuando te limpias.
Kaiba comprendió lo que quería decir, pero no agregó nada más y siguió su camino. Bakura se encogió de hombros y comenzó a andar pasillo arriba, en dirección opuesta.
Fin del capítulo 2
GLOSARIO DE TÉRMINOS
Los términos están ordenados de acuerdo a orden de incidencia en el texto.
-Barrer con la mirada (exp. coloq. y fam.) Lanzar una despectiva, desdeñosa y ofensiva mirada a alguien, diciéndole visualmente lo bajo de su posición, categoría o nivel en comparación con uno. Las barridas suelen ser en picado, hacia abajo, enfatizando el asunto de la superioridad con el apoyo de la mayor estatura del que barre.
-Taba (sust. fam.) Zapato. O zapatilla. O lo que sea que lleves por calzado, siempre y cuando lleves uno.
-Bolsiquear (verb. coloq. y fam.) Buscar, o rebuscar, en los bolsillos de otro. Una modalidad de robo muy común en Lima.
-Putear (verb. vulg.) Insultar recordándole a la persona en cuestión su vida sexual o, en su defecto, el de su progenitora. Verbo derivado = “putamadrear”.
-Yapa (sust.) En quechua, “extra, agregado, de más”.
-Cuita (sust.) Ignoro si en otros países también se usa. Ricardo Palma la menciona en sus Tradiciones Peruanas del siglo XIX. Significa “pena, infortunio, desgracia.”
-Palta (sust. coloq. y fam.) Así llamamos aquí al aguacate (la palabra es de origen quechua), pero en jerga hace referencia a la turbación o sorpresa ocasionada por un hecho embarazoso o una situación intratable. Más comúnmente, éso que sientes cuando pasas vergüenza.
-Parar (verb.) O “emparar”, entender algo.
-Desconocer mayormente (exp. coloq. y fam.) Simpática manera de decir que no se sabe algo. En Perú, se bromea poniendo esta palabra en boca de los policías, que nunca pueden dar razón de nada cuando se les pregunta por direcciones, personas, el clima o cualquier asunto de interés nacional.
-Pisar la pajita (exp. coloq. y fam.) “Caer en la trampa” que otro ha tendido.
Y del primer capítulo: Olvidé poner el significado de “más perdido que huevo en ceviche”. El típico ceviche peruano se prepara con pescado fresco (crudo), es picante y puede llevar un buen número de ingredientes, pero jamás verán un huevo en el plato.
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