Nada Que No Hayas Visto Antes, Cap. 3
Capítulo 3: Un Día de Miércoles Por la Mañana…
Otro nuevo amanecer sorprendía a los estudiantes de la preparatoria de Domino con otros de esos momentos decisivos en la vida de cualquier ser humano que se preciara de serlo: considerar entre la disyuntiva de cumplir con el deber cívico-patriótico de completar la enseñanza media, o padecer un lento y doloroso pasamiento a una mejor existencia que no sería en este mundo. Pero alguien lo había dicho con anterioridad: el sentido de autoconservación era alto en Domino. El más primigenio instinto de supervivencia prevaleció sobre el sentido patriótico, y los estudiantes del segundo año optaron por una estratégica retirada del lugar de los hechos cuando encontraron a dos de sus condiscípulos en ameno conciliábulo a las puertas del aula de clases.
Sucedió una mañana de miércoles. Katsuya Jounouchi apareció como por arte de magia (o desconocidas razones) en el salón del segundo año a una hora impensable en él, o sea, temprano. Había sido el primero en aterrizar por esos lares, tal vez el primero en toda la prepa, y había pasado a esperar impacientemente la llegaba de cierto espécimen de humano que, sabía él, debía arribar en el transcurso de unos minutos.
Así que cuando Seto Kaiba hizo su aparición en el recinto escolar, caminó por el pasillo y se plantó frente a la puerta del aula, se topó con un rubio atravesado en el quicio de la puerta, con la espalda contra la misma y una pierna apoyada en el marco. Y cara de estar aburrido.
Kaiba lo miró con desgano. Su estado de ánimo usual para las mañanas escolares.
-¿Esperas a tu dueño en la puerta de la casa? –le preguntó-. ¿O quieres un hueso para quitarte del camino?
A Jounouchi pareció no molestarle la pulla. Se desperezó y pasó las manos por el cabello, pero no se movió de su lugar.
-Sabes, Kaiba, he estado pensando…
-Te felicito –dijo Kaiba, impasible e indiferente. Definitivamente, era una mañana de miércoles.
-…En que tanto tú como Yuugi comparten ese mismo origen bastardo y la jodida manía de no dejarme terminar cuando hablo.
A Kaiba pareció no importarle el insulto. Tenía el maletín en la mano derecha, pero se cruzó de brazos, y por lo demás no hizo ningún otro movimiento.
Los dos estaban más que conscientes de que el rubio había cortado la ilación de lo que decía tras enunciar el nombre de Yuugi. Estaban viendo quién continuaba con el intercambio de impresiones.
Al cabo de unos instantes, Jounouchi se cansó de esperar. En fin, ya sabía que Kaiba estaba interesado en lo que él tuviera que decir sobre Yuugi.
-También había estado pensando –comenzó a decir- que esa empatía bastarda entre ustedes se hace más jodida, ¿ves? Si uno se caga, el otro comparte la cagada. Si uno se hace el cojudo, el otro lo imita. ¿Entiendes el punto?
-Si te refieres a la cojudez como mal epidémico y al contagio por contacto entre amigos –Kaiba enfatizó la palabra-, naturalmente que puedo entenderlo. Es más, puedo ver el panorama completo de esta situación.
-Y si ya sacaste tus conclusiones, supongo que ya sabes cómo sigue la cadena, ¿no? ¡Un par de malnacidos cojudeándose y cagándose entre sí no deberían terminar… digamos, en la mierda?
Extrañamente, Kaiba desvió la mirada.
-Me sorprende tanta agudeza mental de tu parte –dijo-. Ahora veo que puedes pensar por ti mismo, sin necesidad de tu sombra. –Lo miró con el mismo desgano matutino que mostraba cualquier día de la semana-. Pero, cuánto me temo que no puedo hacer nada por tu caso. La cojudez no es intratable, pero tampoco es curable.
Jounouchi pasó por alto el que Kaiba le estuviese diagnosticando el mal, y lo estuviese deshaciendo ahí mismo de pasada, pero se quedó sopesando las dos primeras oraciones oídas antes del análisis médico. A menos que se equivocara, de los labios de Kaiba acababa de salir lo más cercano posible a un reconocimiento.
Así que, por primera vez en su vida, Jounouchi estaba dispuesto a aceptar que sí, había cometido un error al interpretar algo dicho por Kaiba. Definitivamente, había escuchado mal.
-¿Qué, si no funkas como hombre de negocios, vas a intentar con la medicina? –Jounouchi se enderezó en su sitio, aunque seguía parado en el quicio de la puerta-. Antes de que me salgas con más taradeces médicas, Kaiba, te aviso que no te vería la cara, ni tampoco te escucharía parlando si pudiera evitarlo. Por ti no doy ni un medio, pero Yuugi es mi amigo y la mierda profunda en la que los dos andan metidos sí me importa.
Jounouchi suponía que Kaiba lo había escuchado hasta el final, sin interrupciones, porque estaba esperando a ver cuándo se aparecía el nombre de Yuugi en la perorata.
Y Kaiba suponía que Jounouchi sacaría el nombre de Yuugi en algún punto del sonsonete, así que había esperado a que terminara de manifestarse.
-Si es todo lo que tenías que decir –comenzó Kaiba-, sólo me queda agregar que, como ya has reconocido el olor de la mierda que nos ocupa, vayas a ladrarle al amigo que la despide.
Kaiba hablaba porque tenía que terminar el conciliábulo, y tenía que terminarlo dando la última palabra y dejando las cosas en claro, como solía hacerlo siempre. Si no, no tendría porqué agraciar a quienes se dirigía con un comentario. Pero recordó que el día anterior había tenido un cruce de palabras con otro de sus condiscípulos, y no fue él quien cerró el intercambio verbal.
-¿Qué parte de lo que te he dicho no has entendido? –preguntó, al ver que el rubio no se movía.
-Ésa en la que dijiste que le hablara a Yuugi. Hmmm… ¿Yo? ¿Quisiste decir que yo fuera a hablar con él?
-Tu estupidez no es sólo patológica, sino también sintomática –dijo Kaiba, interrumpiendo al rubio en la medida que se le acababa la paciencia.
-¿En dónde iba? –continuó Jounouchi, ignorando al otro-. Ah, sí: ¿Yo? ¿Me hablas a mí? Por si no te acuerdas, Kaiba, eras tú el que quería hablar con Yuugi. ¿Y ahora me mandas a mí en tu lugar? ¿Tan rápido cambias de idea?
Tras ello, Jounouchi puso las manos en los bolsillos y comenzó a reír quedamente, como si considerara algo para sí mismo. La poca paciencia que Kaiba reservaba para las soporíferas clases matutinas terminó por esfumarse del todo. Cogió al rubio del cuello de la chaqueta con la mano que tenía libre y lo quitó de su camino, tirando de él hacia el pasillo. No le dedicó ninguna mirada despectiva y cruzó el umbral, pero se detuvo cuando oyó a sus espaldas:
-Me dices que vaya a hablar con él como si estuvieras limpio del asunto. No escupas al cielo que terminarás mojado, Kaiba.
Jounouchi apenas terminaba de sacar las manos de los bolsillos y se arreglaba la chaqueta distraídamente, cuando Kaiba se volvió, dio dos pasos hacia él y lo golpeó en el rostro con el puño izquierdo. El suelo todavía no recibía a Jounouchi al girar Kaiba sobre los talones y dar por terminado el diálogo de esa mañana entre los dos.
Un rubio y un chaparrín venían caminando calle abajo, tranquila y distraídamente, como si no tuvieran otra preocupación en la vida.
-Miércoles –dijo el rubio, el maletín escolar sobre el hombro y los ánimos por los suelos-. Cualquiera diría “sábado chico”, pero este día le está haciendo honor a su nombre: un día de miércoles.
-Se llama así por el dios latino Mercurio, Jounouchi.
-Sí, sí, gracias por el dato. Me acordaré del nombre. Como te decía, éste es un día de miércoles. Cuando al fin te veo con vida, los que se me pierden son los otros dos.
El chaparrín parecía más bien un chico de primaria, pero el uniforme –y las tendencias sadomasoquistas en el vestir- lo delataban como un alumno de prepa.
-Sé que debieron tener una buena razón para no ir a la escuela –dijo Yuugi.
-Sí. ¿Seguirá con vida? Honda, quiero decir: por el otro no me preocupo.
Llegaron a un complejo departamental, un edificio de varios pisos y balcones, como otros tantos.
-Pero no los culpes por no querer asistir –dijo Jounouchi mientras subían las escaleras-. En el colegio, las condenadas clases no te aburren: te aburran.
-Y aun así, tú también vas –le hizo ver Yuugi-. Todos vamos.
-Claro. Entre la escuela y mi casa, ¿cuál crees que es más bonito? Por lo menos, en el cole puedes dormir en paz.
Se detuvieron en el cuarto piso, frente a una puerta marcada 413, y el rubio llamó con sendas patadas y unos cuantos gritos: “¡Hey, Honda, abre!”
Yuugi estaba a punto de pedirle que bajase la voz por consideración a los vecinos, cuando la puerta se abrió de golpe y Bakura se materializó del otro lado. Llevaba puesto un pantalón oscuro y no mucho más. Ni siquiera tenía consigo el vistoso aro.
Se apoyó en el quicio de la puerta y se pasó las manos por los cabellos blancos, que lucían más salvajes que de costumbre.
-Ah, el pequeño Yuugi –dijo- y su mascota –agregó, mirando a Jounouchi de arriba abajo-. ¿Te siguió a casa desde el colegio?
-Buenas tardes, Bakura –saludó Yuugi.
-El maraco mayor –dijo Jounouchi, casi despreciativo-. ¿Está tu hombre?
-Por supuesto. Está adentro. En la cama. En cama, quiero decir –corrigió Bakura.
-Eh, ¿le pasó algo? –preguntó Yuugi, súbitamente preocupado. Y obviamente ignorante de otras posibles connotaciones de la última frase de Bakura.
-Sí –le sonrió Bakura amigablemente-. Pero sólo fue algo así como lo que le pasó a éste en la cara –agregó, mirando a Jounouchi ya sin el gesto de simpatía en el rostro.
Jounouchi estaba a punto de replicar y Yuugi, de hacer otra pregunta, pero Bakura se hizo hacia atrás, atento a algo que había escuchado, y luego desapareció en el interior del departamento. Dejando atrás a sus dos visitantes, un tanto confundidos, en la puerta.
-Bueno, como sea, ¡estoy entrando! –se anunció Jounouchi al poner pie en el departamento.
En aquella casa, el departamento, reinaba un agradable caos. Era el desorden propio del hogar de una pareja, en el que ningún objeto tenía un lugar específico, pero cada cual sabía siempre en dónde estaban las cosas que el otro tiraba.
Jounouchi había terminado por obligarse a aceptar que dos de sus mejores amigos llevaban una vida conyugal –o lo más cercano a eso- con un tercer miembro infiltrado en la relación.
-¡Honda! ¡Si todavía estás vivo, responde! –gritaba, mientras se dirigía al dormitorio y Yuugi lo seguía de cerca. No solía visitar la casa de Honda con mucha frecuencia; ninguno de los dos lo hacía.
El rubio no se molestó en llamar a la puerta cuando llegó al dormitorio. Cuando entró, encontró a Honda sentado en el borde de la cama, a medio vestir, con aspecto de acabar de dejar el mundo de la inconsciencia y restregándose el rostro con ambas manos. De pie cerca a él, Bakura terminaba de ponerse una camisa, aunque no se detuvo a abotonársela. Pasó junto a Jounouchi, pasó junto a Yuugi y aun tuvo tiempo de sonreírle antes de salir de la habitación.
-¿Qué hora es? –preguntó Honda, de regreso a la verticalidad del mundo.
-Todavía es miércoles –le contestó Jounouchi, tirando de una silla cercana para sentarse.
Honda dirigió su atención a su segundo visitante.
-Hola, Yuugi. Recién ahora te veo.
-¿Te sientes bien, Honda? –preguntó Yuugi, aunque la pregunta era casi retórica.
-¿Qué fue lo de anoche? –preguntó a su vez Jounouchi.
-Un impase. ¿Qué fue lo de tu cara?
-Otro impase. Pero el mío tiene nombre propio.
-Después me lo cuentas. ¿Te pegaron con la izquierda? Bah, no creo conocer a algún zurdo en tu lista de espera…
-Era la mano que tenía libre. ¿Que no querías escuchar la historia?
-Nunca estoy con ganas de escuchar de tus impases.
Honda rescató un objeto voluminoso, circular y dorado de entre las sábanas de la cama y lo colocó sobre la mesita de noche.
-¿Qué haces por aquí, Yuugi? –preguntó Honda, desviando su atención del rubio al chaparrín-. No es como si no te quisiera ver, pero ya te estabas haciendo extrañar.
-No creo que mi otro yo quiera hablar por un tiempo… Me dejó a cargo.
-¿Después de haberme soltado la revelación? –preguntó Jounouchi-. Que conste que yo sólo le hice conversación. Él se vendió solito. Y, bueno, ¿cuándo nos animamos a hablar? Acá tenemos todos para contarnos unas cuantas historias. ¿Quién quiere comenzar?
-De la nada se me ha ocurrido que, de repente, tu historia sí es interesante –dijo Honda, sin visos de querer dejar la cama todavía-. Si lo es, haz el favor y habla. ¿Qué fue lo de tu cara?
-Ya te dije: un impase. Jodido, mierdoso, creído, llorón… Maraco también.
-Ah, fue Kaiba –dijo Honda-. ¿Y? ¿Cómo es que sigues con vida? ¿O sólo calibraba puntería contigo?
Jounouchi, que se había sentado con el respaldar de la silla hacia delante, se apoyó en los codos y dijo:
-Iba a intercambiar opiniones con el malnacido –miró a Yuugi, que permanecía callado-, pero apareció alguien y nos cortó la conversación.
-No podía dejar que se golpearan, ¿o sí? –dijo Yuugi, que se sentía en la necesidad de justificarse-. Además, ¿por qué te golpeó en primer lugar? No me lo has dicho. ¿Lo provocaste?
-Le dije tu nombre.
-¿Y saltó sólo por eso? Está sensible –opinó Honda-… O en su semana.
Los dos amigos callaron de pronto y se volvieron a ver a Yuugi, quien aparte de retraído, estaba ahora un poco pálido también. El chaparro les devolvió la significativa mirada, pero no parecía muy inclinado a decir algo.
En ese momento, Bakura hizo su reaparición en la puerta del dormitorio. Era como si había estaba esperando el momento correcto para escuchar lo que convenía saber. Volvió a ignorar a Jounouchi al pasar junto a él, pero le mostró una rápida sonrisa a un estupefacto Yuugi, y dejó una taza sobre la mesa de noche al tiempo que Honda le alcanzaba el nada pequeño aro. Se limitó a cogerlo, y salió de la habitación tan raudamente como había entrado.
Descongelada la escena, Jounouchi se quitó la expresión de soberano fastidio que tenía en el rostro. Decidió considerar la interrupción como una alucinación, fruto de su ya sobreforzada mente, y pasó por alto la incursión del chico de los cabellos blancos. Miró a Yuugi, que daba claras señales de estar en nulo asimilamiento de los hechos, ya que seguía igualmente lívido y pasmado. Era un buen momento para prestar su ayuda al chaparrín, facilitándole la formación de ideas y articulación de palabras.
-Tranquilo, Yuugi –le dijo-. Sabes que estamos bromeando. Quería ver si tú también caías. Y como sí caíste, te cuento cómo fue lo de Kaiba. Sólo le dije que cualquier problema que tuviera contigo, también nos afectaba a nosotros. ¿Somos tus amigos o qué?
-¿Le dijiste exactamente eso, Jounouchi? –interrumpió Honda-. Suena muy alturado para ti.
-No fue con esas palabras, pero el malnacido igual me entiende, ¿no? Para eso le deben servir todas sus neuronas.
Jounouchi se incorporó y, de frente a Yuugi, le puso las manos en los hombros, sonriéndole tranquilamente.
-¿No te decía yo que estábamos preocupados por ti? Eh… Por ustedes –corrigió-. Tómense su tiempo para resolver sus asuntos, mientras yo voy avanzando con los míos. Como hablar con Kaiba para aclarar cosas…
-Jounouchi, te lo agradezco –comenzó a decir Yuugi, algo nervioso-, pero no deberías hacer más de lo necesario.
Honda se rio, pero sin ánimos de burlarse.
-¿Te lo traduzco, Jounouchi? –preguntó-. Sólo por si acaso. Lo que Yuugi quiere decir es que no te metas en asuntos que no competen. De lo contrario, la otra mitad de tu cara correrá peligro. Sálvala mientras todavía puedas.
El rubio se enderezó.
-Se agradece la versión traducida y aumentada –dijo-. Para la próxima, jode cuando te lo pida. Y, Yuugi –agregó, mirando al chaparro-, justamente ahora me voy a pasar a cristiano cierto asunto de interés que tengo con el maraco que desde hace rato anda gravitando por aquí. Habla con Honda, que él es más… ¿Cómo se dice?… ¿Sutil? Para tratar de estas cosas.
Dicho y hecho, Jounouchi salió de la habitación antes de que alguno de los otros dos pudiera agregar algo.
-¿Estuvieron ensayando esta conversación? –preguntó al fin el chaparro.
Honda se recostó contra la cabecera de la cama y estiró las piernas.
-No –contestó-. Jounouchi ha mejorado sus sutiles técnicas de plática y sacado de información, ¿no crees? Toda la conversación no le salió nada mal. Consiguió que dijeras más que el otro ayer. Hmph, no te ofendas. Ven, siéntate por aquí.
-No me ofendo –dijo Yuugi, acomodando la silla que Jounouchi había desocupado y sentándose en ella-. Es que… Ustedes saben…
-…Que tendríamos que esperar un par de vidas para ver al otro Yuugi comunicativo –completó Honda-. No le reprochamos que sea tan reservado con nosotros.
-Um… ¿En serio, no?
-Claro que no. A lo sumo, sólo nos jode.
-Ah, ya veo –dijo Yuugi, bajando la vista.
-Y nos trae cojudos con su actitud, ¿sabes? –dijo Honda, aunque hablaba con amabilidad-. El que no quiera presentarse ante nosotros, y te tengamos a ti en su lugar, dice mucho sobre él… Pero, bueno, dejando de lado este asunto por un momento… –Honda esperó a que Yuugi levantara la vista de nuevo para continuar-. Tú y Jounouchi se tomaron la molestia de venir hasta aquí a vernos. ¿No te pareció raro que la mujer se haya ido antes de que yo le dijera qué pasó con nosotros anoche?
-Supongo que, en realidad, no le interesaba averiguarlo, y sólo vino para acompañarme. A Jounouchi no le gusta Bakura… El otro Bakura.
-Y vino para ver qué decías, creo yo. No es ningún secreto que el otro no le cae. –Honda se cruzó de brazos-. Y si tú y yo tenemos razón, ¿para qué se ha ido a buscar a Bakura, entonces?
Fin del capítulo 3
Write a comment