Nada Que No Hayas Visto Antes, Cap. 4
Capítulo 4: …Y Un Día De Miércoles Por La Tarde
Jounouchi le dio alcance entre la sala y la cocina. Como lo había pensado, Bakura andaba más bien orbitando por ahí, esperando que algo ocurriese.
-¿Qué haces aquí? –preguntó Bakura, aunque ni siquiera lo miró al dirigirle la palabra. Pasó la soguilla del aro por su cabeza y lo dejó descansando sobre su pecho-. Yo diría que aburriste la conversación allí adentro. ¿Buscas algo?
-Más o menos –dijo Jounouchi-. En primer lugar, me preguntaba cómo se vería ese cuarto libre de maracadas. –Echó un vistazo al pasillo-. Y, en segundo lugar, me entraron ganas de estudiar a un maraco hostil en su hábitat natural. –Echó otro vistazo a la caótica sala de estar, con una tangible expresión de sorpresa escrita en el rostro-. ¡Interesante, el lugarcito! Bonito ambiente natural para ti, ¿no?
Bakura se pasó una mano por el rostro y luego por el cabello, con un gesto de fastidio general.
-Te mostraría la casa –dijo, aunque con un sentido desinterés en el tono de voz-, comenzando por la cocina, pasando por el dormitorio –enfatizó la palabra- y terminando por la puerta –marcó el sustantivo-. Pero disculpa que no lo haga. Si no fuera por Honda –hizo especial hincapié en el nombre-, me tomaría mi tiempo contigo.
El rubio hizo un rápido y limpio análisis de lo que acababa de escuchar, tanto en denotación como connotación verbal y textual. Así como veía las cosas, se le ocurría pensar que: a) Bakura, en vez de cogerlo de imbécil o afines (como era su costumbre), quería verlo bien lejos de la casa porque b) Su presencia estaba cagándolo altamente ya que c) Bakura estaba ¿celoso? debido a que d) ¿Estaban hablando de Honda aquí?
Jounouchi mandó de paseo a varias de sus neuronas y se recordó que pensar tanto era una manía negativa. Antes de regresar a su letárgico estado usual, las últimas células funcionales que tenía en el cerebro le respondieron desde el cerebelo por inercia, y entendió que: a) Estaba allí aguantándose a un jodido maraco no porque quería, sino porque tenía que hacerlo; caso contrario, ya hubiera volado del lugar, y si b) Su presencia estaba fregándole la existencia al renuente anfitrión de la casa, pues qué pena y que viviera con eso, por más que c) Tal anfitrión y dueño de la casa se le pusiera susceptible y lacrimoso por el hombre que efectivamente era d) Honda, bien mentado y presente en el intercambio verbal. Si no fuese porque tenía una agenda con la cual cumplir, hubiera accedido gustoso a lanzarle unos cuantos insultos a Bakura. Recordaba, sin embargo, que había venido a parlamentar con él.
Por su parte, Bakura había entendido el relativamente prolongado silencio de su huésped como evidente síntoma de actividad mental, y en el supuesto de que el susodicho tardara en alambicar abstracciones desde minutos hasta horas, decidió dejarlo solo. No tenía que soportarlo, así fuese amigo de Honda. No tenía que soportarlo por ser amigo de Honda.
Entró en la cocina, en donde una colección de botellas de todos los tipos, colores y tamaños –incluyendo los líquidos que contenían- lo esperaba sobre una pila de objetos diversos que, a su vez, descansaba sobre lo que era la mesa. En verdad, toda la casa era un caos, y la cocina no desentonaba con el resto en el aspecto. Pero era un caos coordinado: lo que uno tiraba o dejaba olvidado –o con todo propósito- en algún lugar, tenía por finalidad el ser hallado por el otro justo en el momento o situación en que se lo necesitara. Ellos se entendían en su desorganización, ¿para qué pretender poner orden entonces?
Cuando Jounouchi entró, siguiendo los pasos del dueño de la casa y tras haber acomodado ideas, encontró a Bakura lanzando botellas semivacías a varios cestos, a otros muebles del ambiente y a algunas esquinas de la cocina. Quien lo conociera, diría que estaba fastidiado.
-No hace falta que cierres la puerta detrás de ti –le dijo Bakura, estrellando algunas botellas contra la pared-, si ya te estás yendo.
Pero Jounouchi cerró la puerta, haciendo caso omiso a la observación, y en seguida echó un rápido vistazo al ambiente, como si buscara algo.
-Huele a mierda –dijo de pronto, con toda la seriedad del caso-. Raro, ¿no? No sé de dónde viene el olor, pero… ¿Será del baño de servicio?
Bakura dejó de hacer lo que estaba haciendo para centrar su atención en él, por primera vez en ese día. Se cogió el mentón, en obvia postura de reflexión.
-Tienes razón –dijo, con leve tono de preocupación en la voz-. No lo había notado antes… Porque antes no estaba. –Miró significativamente a Jounouchi-. Digamos que me acaba de llegar el olor. Ah, el pequeño Yuugi –se lamentó-. Trajo mierda con él.
-¿Qué? –exclamó Jounouchi, sorprendido y algo desconcertado también-. ¿La pisó? ¿Y así y con todo, puso pie en la casa? Tenía que haberse limpiado antes de entrar, aunque tampoco es como si la fuera a ensuciar más –y le devolvió la significativa mirada a Bakura.
-¿Qué caso tiene ahora? –Bakura se encogió de hombros, como minimizando el asunto-. Ya está aquí. Supongo que el pequeño Yuugi la pisó en el colegio y la arrastró hasta aquí.
-Ocurre tooooooodo el tiempo –dijo Jounouchi-. Pregúntale nomás a Honda, que en su vida debe haberse encontrado con más mierda de la que debe haber contado. ¡Qué digo, si hasta parece que es la mierda la que lo sigue a él!
Bakura tiró al suelo el montón comunal de cosas que todavía tenía sobre la mesa, y se sentó sobre ella. Se pasó una mano por el cabello, como si pensara en algo, o como si intentara calmarse. Escuchar el nombre de Honda de labios de este rubio en particular le encrespaba los ánimos.
-Disculpa, se me cayó –ofreció, desoyendo la observación sobre Honda-. Es el pequeño Yuugi. ¿Cómo decirle que no ande por allí pisando mierda?
-Sí, pues –estuvo de acuerdo Jounouchi-. Aparte de que Yuugi siempre anda mirando hacia adelante y no mira lo que tiene abajo… No se da cuenta de que ya la pisó sino hasta cuando le dicen. Al menos no es como Honda, que además de pisarla sabiendo que está allí, la trae a su casa.
Bakura se cruzó de brazos y le dedicó una sonrisa neutral, una sonrisa que no era señal de simpatía ni de burla. Ese gesto se podía entender de mil maneras distintas, aunque ninguna interpretación era absolutamente positiva para con el que la recibía.
-El pequeño Yuugi y Honda la pisarían sin importar cuántas veces la encontraran en el camino –dijo-. Así son ellos.
Jounouchi había estado aguantándose una conversación digna de más flamantes insultos con un desgraciado igualmente merecedor de más llamativos epítetos, y hasta se había tragado su personificación a los pies de Yuugi, pero acababa de escuchar algo que le daba cierta seguridad al momento de soltar la siguiente afirmación:
-Escuchaste la conversación que Yuugi y yo tuvimos en el colegio.
Y como el otro no le contestó, sino que se limitó a quitar la sonrisa de su rostro, agregó:
-¿Debería sorprenderme? Creo que no, porque de lo contrario no entendería qué haces hueveando por allí.
-Te respondes a ti mismo –le hizo ver Bakura, completamente impasible-. No gastes saliva. A menos que pienses darle otro uso conmigo.
-¿Me estás insinuando algo? ¿A mí? ¿Tú? ¿El que se caga de celos cada vez que escucha el nombre de Honda? No me vengas con huevadas.
-No soy yo quien lo menta. Si no quieres escuchar huevadas, entonces mantén la boca cerrada.
“Este desgraciado contesta igualito que Honda”, pensó Jounouchi, ya cansado de la conversación, de las figuras literarias y de las indirectas muy directas en general. “¿Cuál maraco le enseñó a cuál?”
Por otra parte, Bakura entendió los segundos que el rubio se estaba demorando en contestar como xeroftalmia cerebral, y supuso que el otro había decidido seguir su consejo sobre cerrar la boca. Saltó de la mesa y pasó junto a Jounouchi.
-Pero no te preocupes –le dijo Bakura-. Sólo es un síntoma de los huevones patológicos el huevear.
“Sí,” se dijo Jounouchi. “Definitivamente, éste de acá aprendió de su hombre”. De súbito, la antepenúltima palabra de la frase de Bakura lo remitió a un incidente ocurrido hace unas horas en la prepa. Recordó algo.
-Fíjate en lo que dices –aconsejó Jounouchi-, porque si de huevones y cojudos hablamos aquí, nadie sale tan limpio.
-¿Qué, ahora quieres discutir sobre la tipología del cojudo? –preguntó Bakura, con la mano en el picaporte de la puerta de la cocina.
Jounouchi puso las manos en los bolsillos, una postura que asumía cuando algo le divertía.
-Y antes de que te sientas marginado –le dijo a Bakura-, te cuento que no eres el único cojudo clandestino que conozco. Kaiba te puede hacer compañía. Aunque él no es tan asolapado como tú para hacer sus huevad…
Bakura abrió la puerta y la volvió a cerrar de golpe, sin quitarle los ojos de encima al rubio.
-Sólo compruebo si la puerta está bien –informó a Jounouchi, con toda la seriedad con la que disponía-. Y está bien. Después revisaré la de la entrada, para que no tengas problemas cuando te estés largando y la cruces. Y ahora… ¿De quién hablabas?
-¿De un maraco…? –preguntó Jounouchi-. Ah, no, quiero decir: de otro maraco. Uno alto, flaco, imbécil… –El rubio acababa de descubrir que los celos eran buenísima manera de cagar a alguien.
-¿Qué puede tener que ver Kaiba en nuestra conversación? –preguntó a su vez Bakura, que sonaba casi amable. Eso era de temer-. ¿Quieres hablar de él?
-No hablo de huevones con huevones por las puras. O de cojudos con huevones, que es la misma vaina –dijo Jounouchi-. Tampoco revuelvo la mierda por el placer de ensuciarme. ¿Quién quiere hablar de Kaiba aquí? ¿Tú? ¿Yo? Nada que ver. –Hizo una pausa y añadió con sigilo:- Pero si Honda quiere conferenciar con él, qué le vamos a hacer, ¿no?
Jounouchi podía estar hablando de Kaiba con la naturalidad y los buenos deseos con los que discutía sobre cualquier imbécil de la esquina, pero si se había tomado su tiempo para elucubrar tan verborreico intercambio de insultos sólo para llegar a ese punto, Bakura podía decir con toda seguridad que no perorataba en vano. Pretendía hacerlo caer para que se delatara solo.
Y Bakura terminó por caer y delatarse solo.
-¿A qué te refieres? –demandó, aunque aún mantenía el talante civil.
Y el rubio estaba más que emocionado con el prospecto de contribuir con su granito de estiércol a la bola de mierda con sus siguientes palabras.
-¿Ah, no sabes? –dijo, sintiéndose desde ya realizado por ese día-. Anda a averiguar, pues, que para sí sirves, ¿no?
-O sea que tú has estado metiéndote a rebuscar –dijo Bakura, sin inmutarse pero perdiendo el disfraz de hombre civilizado-. Tenías tus usos, ya veo… ¿Qué otra cosa sabes hacer?
-No me tires tantas flores –dijo Jounouchi-, que a tu nivel de camandulero no llego. ¡Qué buenas palabras aprendo de Honda…! ¿En dónde iba…? Sí, sí: no te confundas, que yo sólo estoy mirando el espectáculo. No me meto. Si no tienes ganas de ir a averiguar, entérate de que fue el imbécil de Kaiba el que me dijo que parlamentó con Honda.
Bakura abrió la puerta; pensaba tirarla de nuevo, pero en ese momento se oyó un grito proveniente del extremo opuesto del pasillo en la inconfundible voz de Yuugi. El otro Yuugi.
-¡¿Cómo que el malnacido te lo dijo?!
Los dos ocupantes de la cocina guardaron respetuoso silencio por unos segundos, atentos a cualquier otra señal de actividad proveniente del lugar señalado (es decir, otro grito), pero al ver que el departamento siguió en insonoridad impuesta, regresaron a lo suyo.
Bakura cerró la puerta de un golpe tan violento que la sacó de su quicio.
-No olvides tu posición y quién eres –articuló muy lentamente-. Yo sí lo recuerdo. De lo contrario, no te tendría frente a mí ahora.
-O sea, lo que me estás diciendo es que si no fuera porque soy amigo de Honda –elucubró Jounouchi-, hace rato que tú, recalco, TÚ me hubieras pateado el culo hace rato, mandándome muy lejos de tu… Eh… ¿Bonita y ufana existencia?
-Lo has entendido muy bien –observó Bakura-, dando un paso hacia él-. Y ahora, antes de que lo olvide, me parece que sabes algo que yo no sé. ¿Qué era?
-Quién se hubiera imaginado que un día despertaría para encontrar que me estarías sobreestimando –dijo Jounouchi, dando otro paso hacia Bakura-. No te equivoques. ¿Yo, sabiendo algo más que tú? ¿Cómo crees? Ah, si todavía dudas, anda y pregúntale a Honda. Él sabe más que yo o tú de este asunto.
Bakura dio otro paso, estiró el brazo y cogió a Jounouchi del cuello de la chaqueta.
-Si no conoces cómo es este juego –le dijo, acercándolo a él-, no pretendas jugar.
El rubio comenzaba a preguntarse sobre la fijación de la gente con el cuello de su chaqueta y la razón de los muchos impases que decoraban el panorama de su vida, cuando el otro lo soltó, dio media vuelta y salió del lugar, casi quitando la descuadrada puerta de su camino a patadas. Jounouchi pensó entonces que los espectáculos ajenos debían ser tan buenos como los que uno mismo armaba, y salió tras Bakura para no perderse la escena.
-A diferencia de lo que dicen, un secreto es siempre un secreto –dijo Honda-. Por supuesto, el primer requisito para que un secreto se reciba como tal, es que sea compartido por al menos dos personas.
-Eso es una contradicción –objetó Yuugi.
-¿Te parece? Mira, ¿para qué tener la historia si nadie más que tú se va a enterar de ella? El chiste está en que salgas a divulgarla. Pero no a cualquiera, claro. Una persona que tenga un secreto sólo lo compartirá con su persona de confianza. Y esa persona de confianza se lo contará a su persona de confianza. Y esa persona…
-Bien, Honda –dijo Yuugi-, ¿pero qué tiene que ver todo esto con nosotros? No creo que consideres este asunto como un “secreto”, quiero decir…
-Comenzando por el hecho de que los implicados lo hicieron bien público, y terminando con la coyuntura actual y bastante jodida, opino que ni tú ni Kaiba saben guardar secretos, y mucho menos referírselos a sus personas de confianza.
Honda hizo una pausa y dirigió a Yuugi una de sus acostumbradas miradas paternales.
-Le digo sin ánimo de ofender –aclaró-. Te vas a cansar de escucharme repetirte la misma frase, así que mejor te me vas acostumbrando.
-Yo te repito que no me ofende –le sonrió Yuugi-. Pero todavía no entiendo a dónde apuntas.
-¿Me está saliendo largo el rodeo? Déjame abreviar, entonces. Los secretos, ¿no? Cuando los dejas sueltos, le dan la vuelta al orbe y terminan por regresar al lugar de donde partieron, o sea, a ti. Si tú o Kaiba no son especialmente… dados… a mantener sus secretos bien guardados, ten la seguridad de que habrá otros que lo harán por ustedes.
Y antes de que Yuugi considerara siquiera la posibilidad, Honda agregó:
-Entiéndase “otros” por anónimos fulanos que no somos nosotros. Bakura lo dijo: si tú no hablas, ¿qué pintamos nosotros en el asunto?
-¿Dijo eso? Aparte de la otra frase sobre el espectáculo ajeno, supongo.
-Jounouchi te lo contó, por lo que veo. Bueno, estás a punto de enterarte de que la frase tiene mucha vigencia entre algunos… Abrevio. Yuugi, lo que quiero decir es que ayer Bakura y yo nos enteramos de la otra versión del asunto que trae ocupado a Kaiba. Digo “Kaiba” porque el otro Yuugi nos hizo saber que todo esto le llega altamente. No te ofendas.
-Yo no me ofendo, pero creo que el otro sí se está molestando un poco… Eh… Creo que se está preguntando cómo es que se enteraron…
Honda se echó a reír, pero estaba más divertido que genuinamente socarrón.
-¡Ya te lo dije! Ah, bueno, creo que tanto palabrerío de mi parte ahogó la idea. Resumo: salimos, fuimos, llegamos y nos enteramos.
Yuugi notó que Honda esperaba que fuera él el que terminara de hilvanar las ideas.
-Es decir, fueron al lugar en donde estuvimos nosotros el domingo y… ¿preguntaron?
Esta vez, Honda se echó a reír con ganas.
-¡Al fin! Felicitaciones, lo lograron –dijo, notando que Yuugi le estaba haciendo pucheros-. ¡Todo lo que hay que hacer para nos agracien con una respuesta! Bien, no fue una respuesta porque no hubo pregunta, pero por fin lo dijiste.
Si era posible y concebible que Yuugi le frunciese el ceño a alguien en gesto de molestia, pues, Honda acababa de lograrlo.
-No te ofendas –dijo Honda, sin perder el buen humor-. Si tú te me pones ceñudo, asumo que el otro está despertando instintos homicidas en este momento, y no precisamente hacia Kaiba, ¿eh? –Y agregó rápidamente:- Antes de que pida mi cabeza o algo así, te respondo. No, no preguntamos. Fuimos claro, pero la información nos cayó sin necesidad de pedirla.
En menos de 5 minutos, Yuugi había experimentado los más diversas emociones, pasando de una a la otra casi sin interrupción: preocupación, sorpresa, alivio, molestia, y algo de pánico ahora. Volvió a ponerse un poco pálido.
-¿Recuerdas lo que te dije acerca de los secretos? –preguntó Honda, que tenía la esperanza de resolver el problema antes de que el chaparro se le muriera de un ataque de una u otra índole-. ¿Ahora entiendes porqué le decía?
Mientras esperaba a que Yuugi pudiera volver a articular palabra, Honda tomó la taza que Bakura había dejado sobre la mesa de noche. Examinó el contenido antes de que tomar un sorbo.
-Entonces… Eso quiere decir que… –Parecía que Yuugi estaba recuperando el sentido del habla. Eran las neuronas las que se negaban a cooperar-. Ya se enteraron todos… –El chaparro lucía decididamente devastado.
-“Todos” es un término relativo y muy relativo –dijo Honda, que tenía un tono ligero al hablar-. ¿Tanto te preocupa que hayan hecho historia en ese lugar cuando estuvieron de paso por allí el domingo?
-Eh… ¡Sí! –A Yuugi le acababan de reaccionar las neuronas-. Claro que importa, si es que están hablando de eso y…
-Desde el domingo hasta hace como 10 minutos no parecía que les importara gran cosa. –Honda le dio otro sorbo a la bebida-. ¿Y por qué el súbito interés?
Yuugi pensó en ofenderse, a pesar de la repetitiva frase de Honda y su pedido de no hacerlo. Pero cayó en la cuenta de que, esta vez, Honda no le había mencionado las tres palabras en las dos últimas oraciones que acababa de enunciar. Lo pensó mejor, y dijo:
-Si no queríamos hablar, supongo que era porque no queríamos que se enteraran. Pero ahora ustedes saben y… Eh… ¿Jounouchi?
-No, él no –respondía Honda-. No he tenido tiempo de hablar con él, obviamente, y además el maraco se quitó a hacer las averiguaciones del caso con Bakura antes de que tú o yo nos opusiéramos, ¿o no?
-¿Se fue a hablar con Bakura acerca de esto?
-Como no creo que se haya ido a buscarlo para decirle lo mucho que lo quiere y lo ama, ¿qué otra posibilidad queda?
-Bueno, entonces también cuento a Jounouchi. –Esa perspectiva en particular parecía desanimar sobremanera a Yuugi.
-¿Y? –preguntó Honda, viendo que el chaparro se le volvía a caer-. ¿No dijo el otro Yuugi que eres tú el que estaba interesado en hablar? Estas diciendo algo de importancia.
-¿Mi confesión?
-Si éso fue una confesión, te aviso que ha sido la más desinspirada y falta de credibilidad que he escuchado. Aparte, a confesión no llega. No has dicho nada. –Y agregó:- No te ofendas.
Yuugi estuvo a punto de contestar por defecto, pero recordó que, después de todo, el otro le había dicho a Jounouchi que explicaría las cosas. El menos, podía intentarlo.
-Se suponía que tenía que haberles contado todo, desde el principio –comenzó-, pero ahora me sales con que ustedes se pusieron a investigar y averiguamos cuál fue el lugar y se enteraron y…
-Hmmm, espera –pidió Honda en cuanto Yuugi se detuvo para tomarse un respiro-. Vamos por partes. ¿Por qué crees que estuvimos camanduleando por ahí?
-Eh, ¿qué?
-“Camandulear” es una forma menos elegante de decir que estuvimos conspirando, sembrando cizaña y haciendo más sublime toda esta mierda.
-Eh… Pues… Encontraron el lugar… ¿Nos siguieron la pista o algo así?
Honda le dio otro sorbo a la taza antes de contestar:
-No.
El chaparro lo miró con la palabra incredulidad escrita en el rostro, y la frase no te creo en la mirada.
-Jamás te dije que buscamos o preguntamos por el lugar –le recordó Honda-. Haz memoria: yo comencé con el verbo “salir”. ¿Salimos, fuimos, llegamos…?
-¿Y cómo supiste qué lugar era?
-Kaiba me lo dijo.
Yuugi, que había permanecido sentado y con las manos en el regazo durante toda la conversación, se puso de pie de un salto, tiró la silla, se abalanzó sobre Honda y demandó:
-¡¿Cómo que el malnacido te lo dijo?!
Con gran pericia de su parte, Honda logró salvar la taza y, lo que era más importante, su contenido. Casi la soltó cuando Yuugi se le fue encima y lo cogió de los hombros.
-Cuidado con la taza –le hizo ver-. Es un placer tenerte de vuelta entre nosotros, Yuugi –saludó al otro-. Justamente me preguntaba cuánto tendría que esperar para poder hablar contigo en persona.
En ese momento, se oyó un estrépito de un solo golpe. Parecía una puerta cerrándose. O alguien destrozando una puerta contra el quicio. En cualquier caso, el estruendo murió allí y no escuchó más.
Yuugi, el otro Yuugi, y Honda decidieron ignorar el asunto y seguir con lo suyo.
Para comenzar, Yuugi lo soltó y se incorporó. Dio un par de respingos, miró a su alrededor y puso las manos a la cadera.
-Dime que mencionaste a ese imbécil sólo para hablar conmigo –dijo, ya más calmado-, y será la primera y única vez en mi vida en que me habré alegrado de escuchar el nombre de Kaiba.
-Recoge la silla y acomódate bien, en ese caso –contestó Honda-. No te me vayas a caer. –Como Yuugi no se movió, Honda se encogió de hombros y siguió:- Nunca te he mentido, y no tengo porqué comenzar a hacerlo justo ahora. Lo que quiere decir, implícitamente, que todo lo que te he estado diciendo ha sido verídico.
Yuugi miró a su alrededor por segunda vez, pasó el peso del cuerpo de una pierna a la otra, recurrió el largo de la cadena que llevaba al cuello con una mano, regresó su atención a Honda al fin y preguntó:
-¿El bastardo te lo dijo?
-Sí. Me refirió todo el asunto, si te interesa saberlo. Es decir –aclaró Honda antes de que algún malentendido le saliera al paso-, tengo su versión de los hechos.
-¿Cómo fue que te lo soltó?
-Lo encontré cuando fugaba de la prepa ayer. No por nada fue Jounouchi el que salió a hablar contigo. “Escucha a la otra parte”, ¿recuerdas?
Yuugi esperó a que continuara, pero como no lo hizo, habló él.
-No creo que te lo haya soltado sólo por hacerlo. Ahora que lo sabes, ¿qué vas a hacer? ¿Querías hablar conmigo?
-Creo que me lo soltó sólo por hacerlo. Dejo de lado sus razones y lo que me dijo además del relato de los hechos… No vienen al caso ahora. Y sí, quería hablar contigo, dado que ya hablé con la otra parte. Nada del otro jueves, en verdad –dijo Honda al ver que Yuugi se impacientaba-. Mañana deberían estar regresando las cosas a su lugar. Dicho con más exactitud: mañana resolverán el asunto.
-¿Además de consejero, juez de paz y detective te crees también profeta?
-Mis poderes de predicción, inducción y deducción me lo dicen. Lo veo tan claro como si lo tuviera enfrente y lo estuviese observando con los dos ojos bien abiertos. –Miró a Yuugi-. Todo ello, claro, de no mediar impases o contratiempos. ¿No los habrá, verdad?
Yuugi guardó silencio, repasando la profecía y considerando el pedido. Honda le dio otro sorbo a la taza, pero el líquido no le pasó limpiamente por la garganta. Carraspeó un poco y dejó la taza sobre la mesa de noche.
-¿Qué es lo que tomas? –preguntó Yuugi, olvidándose por el momento del augurio.
-Bakura me trajo vodka con whisky –contestó Honda, aclarándose la garganta-. Una buena manera de pasarte una resaca es seguir chupando. Por cierto, Bakura está de regreso ahora mismo.
Iba a inquirir cómo lo sabía, pero Yuugi vio que era innecesario y necio, porque lo que en realidad le estaba enunciando Honda era otra pregunta: ¿piensas quedarte aquí y verle la cara a Bakura? La respuesta, claro, era no. Pero le dijo:
-Pareces otra persona cuando no estás cerca de Jounouchi, Honda.
-¿Lo crees? –Honda sonrió-. Debe ser la maraquísima influencia de Jounouchi sobre mí. Las influencias, hmph, tienden a ser malas o peores. O… Puede ser la resaca. Debe ser la resaca.
Terminó de decir la última palabra y Bakura entró al dormitorio, casi atropellando a un ojoncísimo Yuugi. Cogió al chaparrín de los hombros, lo quitó de su camino para evitar arrollarlo, y siguió de frente hacia Honda. Un segundo más tarde, Jounouchi apareció en la puerta, con una intrigante media sonrisa en el rostro.
-Um… Jounouchi, ¿podemos salir a la sala un momento? –preguntó Yuugi mientras empujaba al rubio fuera del dormitorio-. ¿Te molesta si hablamos AFUERA?
Era obvio que, si estaba allí en ese momento, era porque pretendía ser testigo presencial de una escena digna de ser vista, pero Jounouchi accedió a la casi súplica del chaparrín y salió con él del dormitorio.
-¿Qué fue, Yuugi? –preguntó, de regreso a la sala-. ¿Terminaste de hablar con Honda?
-Sí, sí… –Yuugi intentaba organizar sus ideas-. Honda habló también con mi otro yo…
-¿Habló? ¡Milagro! –gritó Jounouchi-. Y es por eso que le tengo absoluta confianza al maraco. Jamás me ha fallado. Bueno, ¿Cómo quieren que me entere de lo que pasó allí adentro? ¿Tú me cuentas ahora, o el maraco me lo suelta después?
-No te molestes conmigo, pero me parece que es mejor que Honda te lo cuente. ¡Sabe más que todos nosotros juntos!
-¿Ah, sí? Ese hombre no deja de sorprenderme. No hay problema, que de todas maneras ya me lo soltará. ¿Y yo cargo alguna vela en el entierro?
-Pues, de hecho, Honda comentó que tú habías venido para hablar con Bakura, y que te enterarías de todas maneras. ¿No… Eh… Llegaron a algún acuerdo entre ustedes? Quiero decir, Bakura y tú…
-Es más fácil si preguntas de frente, “¿de qué carajo hablaste con el maraco mayor?” ¿Quién se va molestar si eres honesto y directo? ¿Bakura? ¿Por decir tú unas verdades sobre él? ¡Bah! Que viva con saber que es un maraco y punto.
Yuugi sonrió; Jounouchi lo estaba tomando con bastante buen humor. O ganas de insultar a Bakura.
-Y, bueno, ¿de qué hablaste con Bakura? –preguntó.
-Respira con calma, que la conversación no versó sobre ustedes. Aparte de discutir sobre tu manía de meterte en todos los huecos y pisar mierda y cosas así… –Al ver la expresión de sorpresa de Yuugi, Jounouchi ofreció:- Después te cuento. Además de eso, me soltó que ha estado jodiendo por las puras huevas. O sea, estuvo espiándonos y toda la nota. Y… No, creo que no hablamos de nada más.
Jounouchi calló un instante e hizo memoria.
-Ajá, nada más que interese por el momento –concluyó-. ¿Y te dijo Honda qué fue lo de ayer…?
-Um, no, no me lo mencionó. Creo que se le olvidó. Pero anoche Bakura y él salieron juntos y…
-¡Ah, no! –Jounouchi se inclinó sobre Yuugi y le puso las manos en los hombros. Otro de sus gestos de amistad y confianza-. No. Mira, Yuugi, tú eres mi amigo; bueno, los dos lo son, y Honda lo es, y Bakura, y no hay nada que aprecie tanto como ustedes. Aparte de mi hermana, claro… El punto es que yo soy su amigo, ¿no? Los amigos de mis amigos son mis amigos, mas no los maracos que se le pegan a mis amigos. Si no es necesario hablar de las lacras, las pasamos por alto, ¿ves? Existen, ¿pero para qué nombrarlas? Ahora sí, ¿qué decías sobre Honda?
-Bueno, creo que salió a divertirse, o algo así, y tuvo una mala noche…
-¡No me digas! –exclamó Jounouchi, enderezándose-. No sé porqué no me extraña. Las malas juntas…
-Pero no sé más que tú –dijo Yuugi-. ¿Ibas ahora a preguntarle? Eh… ¿Por qué Bakura parecía un poco… aprehensivo?
-Y dale con las lacras… Sé que no lo haces a propósito, Yuugi, sino que se te sale el nombre del maraco porque, en fin… Ah, sí, iba a preguntarle a Honda cómo es que de buen amigo pasó a ser el paño de lágrimas de un montón de llorones… –Jounouchi parecía estar pensando en voz alta, pero entonces cayó en la cuenta de lo que acababa de decir-. No lo digo por ustedes dos, por si acaso. Hablo de un creído llorón que también es maraco.
-¿Kaiba? ¿Hablas de él?
-Como que es famoso, ¿no? Digo “maraco” y ustedes piensan en él. Sí, ése. Antes de que te me vayas por otro lado y me entiendas mal, te cuento que Honda estuvo conferenciando con Kaiba.
-Sí, ya me lo dijo Honda. –Yuugi comenzaba a respirar más tranquilo.
-¿Así que ése fue el grito que escuché? –preguntó Jounouchi-. ¿No le cayó bien la noticia al otro? Bueno, no es como si a alguien le pudiera caer bien escuchar hablar de maracos…
El chaparrín consideró contarle toda la historia, pero al final se decidió en contra de ello. Pensó en comentar algo más, cuando Jounouchi echó una mirada en dirección al dormitorio.
-¿Habrán terminado de hablar? –Miró a Yuugi y explicó:- El maraco no sabía que su hombre andaba en tratativas con otro maraco. Así que yo, en mi calidad de buen amigo del hombre, tuve que reventarle la verdad al maraco número 1. ¿Ya habrá terminado de enterarse?
Yuugi notó entonces que Jounouchi sólo se refería a Honda como “hombre” cuando el otro Bakura estaba presente en escena. En cualquier otra circunstancia, los dos se trataban como “maracos” o “mujeres”. Lo que le recordaba, ¿de dónde habían sacado la palabra “maraco”?
-En todo caso –dijo Yuugi-, no creo que deberías molestarlos ahora. Podríamos regresar a…
-¿No que Honda tenía que contarme qué fue? –interrumpió Jounouchi-. Me han tenido cojudo con lo de “después te cuento”. Carajo, ya me llegó la frase. No me vengas a decirme que zafemos justo ahora… ¡Oye, Honda! –gritó , mientras avanzaba hacia el dormitorio.
-¡Eh, Jounouchi, espera! –gritó Yuugi detrás de él.
Y Yuugi le dio alcance –cogiéndolo por la cintura, que era a donde llegaba a abrazarlo- en el momento en que Jounouchi ponía un pie en el dormitorio y encontraba a Bakura inclinado sobre Honda, quien no daba señales de querer dejar la cama hasta que fuera jueves.
Honda apretaba la parte posterior de la cabeza de Bakura con la mano derecha mientras ambos se besaban queda y tranquilamente. Tan en silencio como Jounouchi y Yuugi permanecían de pie bajo el marco de la puerta; el primero con una expresión de porqué tuve que ver esto y el segundo, con un vivo color rojo en el rostro. Y aún estaba abrazando al rubio.
Honda y Bakura no pudieron sino lanzar sendas miradas a los inoportunos visitantes, aunque desde una incómoda postura, ya que se tomaron un buen tiempo en separarse. Cuando al fin lo hicieron, Honda acarició los cabellos blancos mientras éstos escapaban de entre sus dedos.
-Suficiente –anunció Jounouchi, dando media vuelta en el acto y arrastrando a Yuugi en su salida del lugar-. Lo vi. Lo acepto. Y ahora intentaré olvidarlo. –Y agregó, ya desde el pasillo y con el chaparrín a rastras:- Ya me voy. ¡Ya me fui!
-Hey, Jounouchi –llamó Honda; ese miércoles no pondría pie fuera de la cama-. Antes de que zafes, ¿no ibas a preguntarme algo?
El rubio asomó la cabeza por la puerta del dormitorio, y Yuugi asomó la cabeza por detrás de él.
-¿Ah, qué? –preguntó, algo incrédulo-. ¿Te pegó la gana de contestarme? ¿Vas a contestarme? ¡Bacán, bacán! Habla, pues –dijo, y miró a Bakura, que estaba de pie junto a Honda y sonreía muy neutralmente-, y yo intentaré ignorar a ése de ahí.
-No has hecho ninguna pregunta aún. Se suponía que tú ibas a preguntar algo.
-¡Usa tus condenadas habilidades de raciocinio y saca la maldita pregunta! –exclamó Jounouchi, exasperado, a la vez que entraba al dormitorio-. Si ya sabes cómo está de cagada la cosa, ¿por qué no hablas de una jodida vez en vez de estar fregando con más rodeos? ¡Carajo, en esta casa todos joden! –gritó, y dedicó una mirada a Bakura. O, más bien, miró exclusiva y muy significativamente a Bakura.
Yuugi parecía dispuesto a intentar salvar la situación.
-¡Jounouchi! Recuerda que estás aquí de visita. ¿No crees que estás siendo grosero con…?
-No –contestó Jounouchi antes de que la pregunta estuviera terminada-. Para nada. ¿Cómo crees?
-Y el día todavía no termina –dijo Honda, dando un sonoro suspiro-. Haciendo caso de tu pedido, voy a hacer algo que ha caído en desuso últimamente por aquí. Voy a pensar, ¿de acuerdo? Muy bien, ya pensé y ya sé qué querías preguntar. Cómo, cuándo, por qué y de qué hablé con Kaiba, ¿no?
-Ahí está –aprobó Jounouchi, más calmado-. Por eso digo que mis amigos no son huevones, sino que sólo se hacen los huevones. Saben todo, pero nunca hablan. –Y le dijo a Bakura:- Tú no te cuentes, por si acaso. Serás y te harás un huevón, pero a ti no te pongo lo de “amigo” ni a patadas.
Apoyando una rodilla en el borde de la cama, Bakura se cruzó de brazos y le sonrió burlonamente.
-Qué gratificante ver que, después de todo lo que hago por ustedes, sí piensas en mí –dijo-. Olvidas mencionar que tú también estás incluido en el paquete de los huevones: Ya sabes, pero igual preguntas.
-No sigan con esto, por favor –pedía Yuugi, que se encogía cada vez más entre los emisores y receptores de la conversación. No tomaba parte en el habla, pero recordaba que él tenía parte en el tema de conversación.
Y Bakura le sonrió a él también, aunque amablemente.
-Claro que no lo haré –dijo, con un reconfortante tono en la voz-. Lo que tú pidas, pequeño. –Hizo especial énfasis en el epíteto, sin pretender ser peyorativo en la apreciación. Muy por el contrario.
Pero Yuugi se encogió todavía más con la última palabra.
-Dejándome de tus huevadas –dijo rápidamente Honda al ver que Jounouchi abría la boca para replicar-, Bakura tiene razón. Tú ya sabes que Kaiba y yo estuvimos de conferenciantes. ¿Qué quieres saber al respecto?
-¡Pues que te dijo, claro! A ver si también me sueltas cómo chucha atracó hablar contigo, en dónde carajo se entrevistaron, para qué mierda habló…
-Lo que me dijo queda entre él y yo, habló porque yo se lo pedí, lo encontré cuando salía de la prepa ayer, y pretende que yo ayude a resolver el asunto. Ya. ¿Algo más que quieras saber?
-Qué chucha te traes con ese desgraciado –dijo Jounouchi, medio sorprendido, medio incrédulo.
-Como dije, eso queda entre él y yo –le contestó Honda-. Si lo preguntas es cómo aceptó hablar en primer lugar, supongo que fue porque quería tratar con alguien más ecuánime. Para variar.
-¿Fue éso un insulto? –preguntó Bakura a Honda, candelero y con ánimos de seguir riendo (del rubio).
-Calla, mierda –cortó Jounouchi, aunque los presentes entendieron que el exabrupto no era una interjección, sino un sustantivo convertido en despectivo epíteto para con el aludido.
-No comiencen –pidió un reducidisímo Yuugi, prendido de la cintura de Jounouchi como medida preventiva y con ánimos de morirse allí mismo.
-No, no fue un insulto –dijo Honda, que tenía que dar el ejemplo de ponderación en el grupo-. Perdona, Yuugi, pero tengo que decirle un par de cosas a este rubio, y voy a tener que comenzar de nuevo de todas maneras. Primero, Jounouchi, te aviso que el asunto de Kaiba ya fue, y Yuugi sabe porqué lo digo, y segundo, tienes que sorprenderme y decirme cómo es que te enteraste de la conferencia entre Kaiba y yo. Me has dejado intrigado. No me digas que también pensaste…
Jounouchi dio un respingo, se quedó en blanco un instante, miró a Yuugi –que no lo soltaba-, a sus ojazos, y concluyó que era mejor enterrar el asunto de una buena vez.
-El impase con Kaiba –contestó-. El imbécil te llamó “mi sombra” cuando hablé con él… Y me soltó una frase tuya.
-Hablaste con él… –Honda repitió las palabras sin darles mucho crédito-. Sí, seguro. Ya quiero yo ver el día en que ustedes dos se pongan a intercambiar opiniones como la gente civilizada que NO son. Y, bueno, ¿cuál fue la frase?
-“Tu estupidez no es patológica, sino sintomática también…” O algo por el estilo.
Honda se echó a reír con toda la intención de molestar al rubio y Bakura, en contra de lo que se podría pensar de él, sólo sonrió. Yuugi y Jounouchi mostraron una mal disimulada expresión de fastidio.
-Mi “frase” es sólo la primera parte –dijo Honda al fin-. Él agregó la segunda parte de la oración. Sí, pues, yo se la dije ayer… ¿No la paraste? Quiso decir que tu estupidez no es sólo como una enfermedad, sino que encima se te nota a distancia.
La expresión de fastidio de Jounouchi dio paso a otra de cólera muy justificada.
-¡Ese desgraciado…! –gritó. No le molestaba tanto el insulto, sino el haberse enterado de toda la significación del mismo.
-Recién ahora lo manya –observó Honda-. Reacción tardía.
-No: retardada –opinó Bakura-. Como el sujeto en cuestión: retardado.
-Jounouchi, cálmate –pidió Yuugi-. No me vas a decir que recién ahora te molesta que…
Mientras el rubio se deshacía en improperios, y el chaparrín le pedía racionalidad (en vano, por supuesto), Bakura se sentó en la cama, detrás de Honda, riendo tranquilamente.
-¿Quieres saber cómo lo llama Kaiba? –le preguntó Honda, volviéndose hacia él.
-¿Caso perdido? ¿Falla de la genética? ¿Fruto de la involución? –aventuró Bakura.
-Kaiba piensa que si el nivel de cojudez que corre por las venas de un individuo se midiera en porcentaje, Jounouchi sería una cerveza. –Honda lanzó una rápida mirada al rubio, que seguía desgañitándose en coloridos insultos-. 3%. La gente lo menosprecia por ser tan misio. No te matará, pero si tomas mucho de lo mismo termina ahuveándote.
Fin del capítulo 3
GLOSARIO DE TÉRMINOS
En el capítulo anterior, olvidé esta palabra, “funkar”.
-Funkar (verb. coloq.) “Funcionar”, o “resultar algo de acuerdo a como se esperaba”. Sospecho que la palabra surgió del apócope “func”, del mismo verbo “funcionar”.
-Tirar flores (exp. coloq. y fam.) “Halagar, alabar a alguien”, aunque esta expresión se usa en sentido negativo por lo común.
-Zafar (verb. coloq. y vulg.) La expresión completa es “zafar cuerpo”, una muy gráfica manera de decir que uno parte o deja un lugar.
-Bacán (adj, coloq. y fam.) El equivalente local de la casi intraducible palabra en inglés cool. Digamos, “impresionante”, “sorprendente”, “sensacional”… La palabra ha variado de connotación cuando se utiliza en personas: alguien “bacán” o un “bacancito” es una persona petulante y pretenciosa con más pose que argumentos.
-Chucha (interj. vulg.) De uso bastante extendido hace unas tres décadas, ya no se emplea mucho en la actualidad. Hace referencia a los genitales femeninos, así que sería el equivalente del españolísimo “coño”.
-Manyar (verb. coloq. y fam.) “Entender”, “captar algo”.
-Cargar Vela En Un Entierro (exp. coloq.) Ignoro si existe en otros países de habla castellana la expresión. Significa, “tener algo que ver en este asunto”. Me parece que viene del siglo XIX, cuando en los cortejos fúnebres solía cargarse una vela encendida. Creo recordarlo de algún relato de Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas… Creo…
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