Nada Que No Hayas Visto Antes, Cap. 5
Capítulo 5: Cuando Tus Preocupaciones Aprenden A Nadar
El propósito final de todo ser vivo podía resumirse en una perífrasis verbal: seguir respirando. Fue así hasta que el hombre tuvo a bien aparecer sobre la faz de la tierra para hacer la diferencia: los demás seres respiraban por mero instinto, pero él podía decidir actuar por inercia y respirar, o pensar porqué, cómo y para qué seguir respirando. Ello, claro, hasta tal vez la llegada de Machiavello y su politeísmo de fines. El italiano había entendido que otros mundos sí había, y que en cada cual había que sacar provecho. Unos siglos más tarde, cierto alemán renegaba del Más Allá y de lo que había después, para terminar con la prédica de que la vida era siempre más de lo mismo. Y que la gente no sólo quería seguir respirando, sino inhalando el mismo aire.
Como la excepción confirma la regla, aquí teníamos a un hombre pensante y jodiente que estaba disconforme. Y luego decían que no había nada nuevo bajo el sol.
Este hombre en particular rumiaba sobre la validez del pensamiento nietzscheano. Una cosa era el ciclismo del tiempo y otra cuestión, el querer seguir metiendo las cuatro cuando ya se había tocado fondo.
En otras palabras, cuando uno sentía que la vida ya de por sí era una cagada, ¿cómo se podía querer repetir la experiencia? Ni una ni mil veces.
Pero aquí teníamos al niño, símbolo de la metáfora nietzscheana, tratando de entender al fallido nihilista.
El estudio era un espacio desnudo sin más que el exagerado escritorio, los estantes de libros que cubrían las paredes del cielo raso al suelo, y una mesa que servía para varios propósitos según se necesitara. Y toda la pieza decorada de blanco enervante.
Mokuba, el niño en cuestión, había empujado la mesa –relativamente pequeña- desde su posición habitual hasta ponerla a un lado del escritorio. Luego, había trepado a ella, sentándose y balanceando los pies en el aire mientras observaba a su hermano fumar un cigarrillo tras otro.
Era como si el león estuviese involucionando a camello o, tal vez, dromedario: una sola giba, pero más grande y jodida.
-Hermano –dijo Mokuba-, algo te preocupa mucho, ¿verdad?
Kaiba estaba sentado frente al escritorio; no se apoyaba en el respaldar de la silla, sino que se inclinaba hacia delante, tenía el codo derecho descansando sobre el tablero y cogía el cigarrillo entre el índice y el dedo medio. Le dio una pitada larga, miró a Mokuba y exhaló el humo lentamente.
-Sí, algo me preocupa –contestó. Tanto como no toleraba que lo cuestionaran, detestaba responder con más preguntas. Y era además el chaparrín de los cabellos indomables; a él no le negaba nada-. ¿Qué te hizo suponerlo?
Mokuba ladeó un poco la cabeza, pensativo.
-Creo que me di cuenta –miró el reloj que estaba sobre el escritorio- porque son las 2:27 de la madrugada, tienes al personal de servicio de la casa trabajando todavía y no los has relevado –echó un vistazo al cenicero, cuyo montículo de colillas alcanzaba los 5 cm de altura-, ésta es la tercera cajetilla que te vas fumando –reparó en las tres botellas vacías-, estás tomando vodka desde la tarde, aún no me has mandado a dormir y recién estamos jueves de amanecida.
Kaiba cogió la cuarta botella que tenía abierta, llenó un vaso y se bebió en contenido de un solo trago.
-¿Tan obvio me he vuelto? –preguntó-. Dímelo, Mokuba.
-Pues… Sí. Yo diría que sí. ¿Qué te preocupa?
Kaiba levantó el vaso vacía y estudió su interior, sosteniéndolo a la altura de los ojos.
-Me preocupa el estar tan preocupado.
-Ah, qué preocupante –apoyó Mokuba, con una ligera expresión de no estarse creyendo el asunto en el rostro.
-Preocupado por una nadería –prosiguió Kaiba, pasando por alto la pequeña pulla-. Más bien, por un nadie. Sería improductivo mencionarlo –miró a Mokuba-, así que no preguntes por él.
-No iba a preguntar eso –dijo Mokuba-, sino otra cosa. Además, ya me dijiste que es un “él”… -Cuando se hermano pareció recriminarle con la mirada, agregó:- ¡Es que ya me imagino quién no es! Porque no es nadie, ¿no? Bueno, bueno, bueno… ¡Te iba a preguntar si ya estabas con ganas de contarme qué era esto que me interesaría de todas maneras! –Sólo al final de la oración, el chaparrín respiró. Una palabra más y se desmayaba por falta de oxígeno.
Decían que los hermanos compartían una natural conexión, un empático enlace. En el caso de los hermanos Kaiba, el mayor estaba por demás satisfecho con lo que natura les había otorgado: el pequeño había recibido la misma aguda capacidad mental que él, lo que equivalía a decir mucho, y ello contribuía a que las cosas progresaran rauda e inobstaculizadamente entre ambos.
Kaiba le dio una última pitada al cigarrillo y aplastó la colilla en lo alto del cúmulo que se había formado en el cenicero. Sacó una cajetilla del primer cajón del escritorio, se llevó otro cigarrillo a los labios y lo encendió. Todo ello con la mano derecha; con la izquierda llenaba nuevamente el vaso. Le dio una pitada al cigarrillo, bebió un trago largo y luego exhaló el humo.
A metro y medio de distancia, Mokuba había seguido todos sus movimientos con la más rendida admiración, imaginando muy de pasada el día en que su hermano accedería a enseñarle el arte de verse tan arrogantemente mayestático aún a instancias de estarse gestando un cuadro de cáncer al pulmón y otro de cirrosis hepática.
Por primera vez en las últimas 10 horas, Kaiba se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldar de la silla.
-Aquello que te interesará de todas maneras –dijo-, es un asunto casi saldado. Bien puedes esperar a que lo finiquite para enterarte y no perderte detalle.
El pequeñín dejó de lado su embeleso para repasar mentalmente la negativa de su hermano a hacerlo partícipe de los acontecimientos de su vida, circunstancia impensable bajo la luz con la que se lo mirase. Inclinó la cabeza hacia un lado, se cruzó de brazos y contraatacó:
-¿Dices que sería improductivo hablarme de lo que te pasa? Pues, tú me dices que fumar no te trae ningún beneficio, y que tomar mata neuronas, y te veo haciendo ambas cosas. ¿Por qué no puedes seguir rompiendo tus reglas y me cuentas de una vez?
Kaiba se llevó el cigarrillo de los labios, inhaló lentamente, y sus ojos se encontraron con los de Mokuba. Era cierto que él no perdía tiempo ni esfuerzo en poquedades improductivas, como lo era el que tampoco se enfrascaba en prácticas de razonamiento circular. Sabía que el pequeñín pretendía alzarse con el punto a su favor.
-Fumar es improductivo –dijo, exhalando el humo pero sin quitarse el cigarrillo de los labios-. Lo único que te deja son las consecuencias, como son las consecuencias de tomar contraproducentes…
Mokuba inclinó la cabeza hacia el otro lado y declaró:
-No te entiendo. ¿Tiene sentido lo que dices?
Kaiba sostuvo el cigarrillo entre el índice y el dedo medio y apoyó una mano en el escritorio.
-Quiero decir que hago lo que hago porque estoy sopesando las consecuencias de lo que hice.
Mokuba se enderezó en su sitio.
-Deja de tomar tanto, hermano. Ya se te murieron varias neuronas.
Kaiba echó el peso del cuerpo hacia la izquierda, se inclinó un poco y pasó una mano por sus cabellos.
-Cagué el asunto y veo que tendré que vivir con las consecuencias.
Mokuba se apoyó en las palmas de las manos, echándose hacia atrás y balanceando los pies en el aire.
-¿Y no era más fácil decirlo de esa manera?
Kaiba acercó el cigarrillo a los labios y le dio otra pitada.
-No.
Fue entonces que Mokuba comprendió que su hermano acababa de confesarle que reconocía un error, una falla, una falta. Casi saltó de la mesa por la sorpresa.
-¿Qué hiciste qué? –preguntó cuando fue capaz de articular palabra-. Pero, hermano… ¿Tú?…
-Como te dije –cortó Kaiba-, puedes esperar para conocer todo el asunto.
El pequeño saltó a tierra y permaneció de pie, con los ojos clavados en el suelo y en silencio. Quien lo viese, pensaría que pareciera un niño castigado y dócil en la reprimenda, cuando en verdad se estaba reprochando el haber perdido el dominio de la conversación. Su hermano había estado muy cerca de revelarle, consciente o inconscientemente, el nudo de la maraña, pero el entusiasmo lo había hecho apresurar las cosas a mal término.
Afortunadamente para él, Kaiba entendió su cambio de ánimo a actitud silente y cabizbaja como respuesta a una catilinaria que, en verdad, no era tal.
Tiró el cigarrillo aún sin terminar de consumir al cenicero o, más bien, al montículo de colillas, y giró en su sitio para encarar al pequeño.
-Pienso que sabes, o supones, algo ya –dijo-. Dime qué es.
Si no hubiera estado practicando para momentos como ése, Mokuba no hubiera podido mantener el semblante serio al notar que su hermano había malinterpretado su silencio. Estuvo a punto de lanzar un grito de júbilo al constatar que había ganado la justa de momento, pero se contuvo. O intentó contenerse. No podía soportar la noción de seguir engañando a su ya engañado hermano. Levantó la vista y apenas pudo seguir dominándose al encontrarse con su hermano inclinado hacia delante en su sitio, los antebrazos descansando sobre las rodillas, y esperando una respuesta.
-¿Y qué te hace suponer que yo ya sé algo?
-Porque me estás palabreando –dijo Kaiba, recogiendo la estratagema del pequeño en su reacción.
De no haber nacido el hermano menor de quien era, Mokuba hubiera cambiado la expresión de su rostro al pensar, “ya me fregué: se dio cuenta”. Pero como era un Kaiba, siguió con el drama.
-Pues, por si no lo has notado –lanzó Mokuba-, hace rato que no salimos de lo mismo. Tú dijiste que me contarías cuando me interesara, y ahora estás preocupado y no quieres conversar. ¿Por qué dices que soy yo el que debería hablar, y no tú?
Con un aire más reposado, Kaiba se echó hacia atrás en la silla.
-Porque me sigues palabreando –dijo.
“No es posible que se las conozca todas” pensó Mokuba, negándose a perder terreno. Respondió con lo primero que cruzó por su mente:
-Ése no es el punto.
-Te conozco desde que naciste, pequeño –sentenció Kaiba-. Reconoce que sé de todos tus movimientos. Ahora dime, ¿cuál es el punto, entonces?
-Eh… -Ahí estaba el pequeño decidido a no capitular-. Lo estoy pensando. ¡Déjame hacer tiempo hasta que se me ocurra qué responderte!
-Esperaré –aceptó Kaiba, regresando a su posición inicial detrás de su escritorio de trabajo.
Podían quedarse allí hasta que el sol los sorprendiera con un nuevo amanecer. Mokuba no se iba a rendir sin luchar y Kaiba, por una vez en la vida, no tenía prisa en mandar al pequeño a dormir. Estaba pensando –y ahogando unas cuantas neuronas en alcohol- y le gustaba tener al chaparrín cerca para ayudarse a entender algunas encrucijadas nietzscheanas.
Como recordaba que necesitaba trabajar y poner a unos cuantos en su lugar mientras Mokuba continuaba ideando la siguiente estrategia ofensiva.
Cogió el auricular, pulsó un botón y habló:
-Tráiganme una taza de café al estudio, ahora. Y que venga Uzuki también.
Aquello fue más rápido que inmediatamente. El ayudante de mayordomo se teletransportó al estudio de su empleador en un salto warp impensable para los estándares de la ciencia actual sin importarle, aparentemente, que fuese las 2:40 de la mañana. El joven estaba impecablemente vestido y sin muestras externas de somnolencia al llamar a la puerta, trayendo él mismo la taza de café requerida, aunque no fuese aquél el propósito para el cual había sido contratado. Siendo la hora que simplemente era, sin embargo, era por lo demás improbable que alguna otra criatura inteligente que habitase la mansión quisiera presentarse ante el empleador.
Este hombre, por otra parte, parecía más que presto para atender al llamado del empleador. Aunque habría que hacer hincapié en el hecho de que su patrón parecía haber mudado parte del bar de la casa a su estudio, estuviese coleccionando colillas en el cenicero que estaba sobre su escritorio, el hermano menor presentase un rostro de concentración absoluta y el mismísimo empleador no presentase aspecto de estar de amanecida, sino una muy elocuente expresión de apoteosis precedente a un acontecimiento satisfactorio.
En otras resumidas palabras, el cuadro no era muy prometedor para el susodicho Uzuki, quien pasó la taza de la bandeja sobre la cual la traía al escritorio de su patrón, y quedó allí buscando las palabras correctas para ser dichas en situaciones parecidas, si es que las había.
-Señor Kaiba… -comenzó.
-Has visto la hora que es –interrumpió Kaiba, las dos manos sobre el tablero del escritorio-. Comienza a hablar ahora, antes de que dé el amanecer.
-…Sólo me preguntaba si mis servicios ameritaban un aumento de suelo… -terminó el hombre, envalentonado sin duda alguna por la falta de sueño.
Kaiba entrelazó los dedos de las manos.
-El sueldo que percibe es correlativo a los servicios que presta, Uzuki. ¿Me dice que no está satisfecho con lo que recibe actualmente? –La pregunta, por supuesto, no tenía como propósito el ser respondido, sino provocar una repentina crisis en el ritmo cardíaco del interpelado. Así que Kaiba continuó:- Si tal fuese el caso, vería como una opción el prescindir de sus servicios.
Tras algunos segundos, el corazón del hombre recuperó su ritmo casi normal, y recordó cómo respirar. Apenas conteniéndose, pidió permiso para retirarse, y desapareció del lugar con tanta rapidez como se había manifestado ante su empleador.
Kaiba extrajo otro cigarrillo, lo puso entre sus labios y, cuando la llama del encendedor se encontraba a escasos milímetros de su objetivo, notó que Mokuba había dejado de debatir consigo mismo, y lo miraba.
-Dime, hermano, ¿qué parte te gusta más? –le preguntó Mokuba-. ¿La parte en la que explicas sobre los servicios y el sueldo correlativo, o cuando mencionas la palabra “prescindir”?
Terminando de encender el cigarrillo, y tras la primera pitada, Kaiba respondió:
-Sabes que soy un hombre emotivo, Mokuba. –Abrió uno de los cajones del escritorio y echó mano a unos papeles-. Prefiero la parte en la que parece que van a llorar. (1)
El chaparrín le sonrió ampliamente.
-En realidad –dijo Mokuba-, tú no querías ese café, ¿verdad? Lo que querías era fastidiar a alguien…
-Me conoces bien -aprobó Kaiba-. ¿Tienes ya el punto? –inquirió.
-Sí –fue la respuesta-. Ya lo pensé. El punto es que me tienes preocupado por andarte matando neuronas, y me dijiste que me contarías cuando me interesaría el asunto. Mira: “estoy preocupado” equivale a “estoy interesado”. Así que ya puedes comenzar a hablar.
-Buen punto. –Kaiba leía los encabezados de los papeles mientras pasaba hoja tras hoja-. Ahora ya puedes tú comenzar a contarme qué es lo que sabes.
Mokuba lo contempló unos instantes antes de volver a trepar a lo alto de la mesa. Se acomodó a sus anchas, estiró brazos y piernas, y declaró:
-Estoy bien sentado, bien ubicado, y desde acá te veo. Porque regresamos al principio. ¡Sigamos dando vueltas!
-¿Te dije que hablaría yo primero si me mostrabas cuál era tu punto? –Kaiba separó unas hojas y las puso sobre el escritorio.
-Mmmmm… No.
-Entonces, escucha: mi punto es que tengo que saber qué pasa por tu cabeza para decidir que saldrá de mi boca. ¿Entiendes?
-Eso no es justo –se quejó Mokuba.
-Nada lo es –señaló Kaiba-. Recuerda el apotegma.
El pequeño hizo pucheros, repasó mentalmente las enseñanzas de su hermano, y decidió que descubrir cuál era el asunto antes de que el sol saliera otra vez por el horizonte bien valía una claudicación.
-Tiene que ver con el colegio, ¿verdad? -dijo, y agregó rápidamente al ver la expresión de desgano de su hermano-. Con la gente del colegio. ¡Con los otros!
Kaiba dejó caer las cenizas del cigarrillo en el atiborrado cenicero, y llenó otro vaso.
-Sí –dijo, bebiendo un trago.
-No digas tanto, que no me dejas hablar a mí –pidió Mokuba. Como su hermano se limitó a dejar el vaso sobre el escritorio y a regresar el cigarrillo a sus labios, continuó:- Al menos ya me redujiste las posibilidades a… Um… ¿Jounouchi?
-El eslabón perdido en la cadena del intelecto –dijo Kaiba, balanceando el cigarrillo en los labios-. ¿Crees que esto tiene algo que ver con la involución humana?
-Ah, pues, si me lo pones de esa manera, yo diría que no –reconoció el pequeño.
Kaiba comenzó a repasar los papeles que había separado. Los alzó hasta ponerlos a la altura de sus ojos; cuando la llama del cigarrillo se acercó peligrosamente a la superficie de los papeles, cogió la colilla, le dio la vuelta y lo puso de regreso entre sus labios, con el extremo encendido primero. Y tal como había ocurrido unos 20 minutos antes, Mokuba seguía todos sus movimientos completamente absorto.
Recuperado de su arrobamiento, Mokuba tuvo el momento de lucidez suficiente para observar:
-Hey, hermano, ten cuidado, que el vodka tiene 40 por ciento de alcohol. Si te pones el cigarro así te podrías quemar… Eh… ¿Incendiarte?
-El vodka llega a tener más del 90 por ciento de alcohol en algunas de sus variaciones –dijo Kaiba, quitándose el cigarrillo de los labios momentáneamente-. No te preocupes. No lo haría si no supiera cómo es. Y ahora… ¿Era ésa toda tu lista de posibilidades?
-¡Claro que no! Sólo se me ocurrió decir el nombre de Jounouchi porque… Porque… -Mokuba lo pensó un instante-. Porque comencé por la parte de abajo de la lista. El menos probable. Siempre se te ocurre mencionar la teoría de la evolución cuando hablas de Jounouchi. ¿Dónde está Darwin…?
-Muerto –cortó Kaiba, la atención fija en los papeles.
-No me dejaste terminar. Iba a preguntarte que en dónde está Darwin cuando hablas de Jounouchi.
-Preguntándose cuándo fue que el homínido retrocedió a primate en su camino a Homo Sapiens Sapiens. –Kaiba hablaba sin quitarse el cigarrillo vuelto al revés, y exhalaba el humo a través de las comisuras de los labios-. Olvida la cadena involutiva animal y continúa. ¿Qué más tienes que decirme?
-Que no creo que Honda o Bakura pinten algo en la lista.
-¿Por qué lo dices?
-Porque ellos son los únicos dos con los que también hablarías. Pero… -Mokuba calló, buscando las palabras-. Pero como ellos ya tienen sus asuntos…
Kaiba dejó caer otro tanto de ceniza del cigarrillo en el cenicero.
-Así que ya sabes qué hay entre esos dos –le dijo a Mokuba con un tono casi aprobatorio.
-Claro. –Mokuba, por su parte, no estaba muy seguro de si tomar a mal las palabras de su hermano, que había asumido que él era un ignorante en esas cuestiones, o sentirse complacido porque Kaiba lo consideraba capaz de asimilarlas. Optó por lo segundo-. No pensarás que no sé de qué se trata…
-A tu edad deberías estar pensando en cosas más… provechosas… -declaró Kaiba, sirviéndose otro trago-. Pero si ya has descubierto que los niños no nacen de coliflores…
-No –interrumpió Mokuba, algo ofuscado-. Vienen de París, ¿verdad?
-Veo que a ti te han contado la versión fuerte –dijo Kaiba-. Hazme recordar que tenemos que hablar sobre las diferencias entre las versiones… Después. Lo último que necesito ahora es que me digan que estoy descuidando la educación sexual de mi hermano menor.
Kaiba parecía estar diciéndose estas últimas palabras a sí mismo. Mokuba lo notó, y se apresuró a continuar antes de que los pensamientos –y los ánimos- de su hermano divagaran en demasía.
-Lo dices como si de veras ya te hubieras preparado mental y emocionalmente para contarme cómo nacen los niños, cómo se reproducen las parejas, cómo son las parejas que no se reproducen –había un cierto tono de reproche en la voz de Mokuba, aunque fingido, por supuesto-, y cuáles son las diferencias técnicas entre coger, agarrar, tirar…
-¿Aprendiste a hablar así de mí? –preguntó Kaiba, con un tono divertido en la voz que tampoco se molestaba en disimular.
-Cada palabra. ¿De quién, si no? –dijo Mokuba, orgulloso-. ¿Es que me salió muy directo, alturado o qué?
-Hazme recordar que después de la charla sobre los niños naciendo de coliflores, tengo que hablar contigo sobre las maneras apropiadas con las que un hermano menor se dirige al mayor. Y antes de que sigas palabreándome para ver dónde caigo, continúa con lo que estabas diciendo.
Un fugaz pensamiento pasó por la mente de Mokuba: “no es posible que se las conozca todas”.
-Pues, para que sepas –dijo, algo atropelladamente-, los incluí en la lista por más que tú dijeras que nunca tendrías nada con ellos, porque no creo que tengas algo que ver con tus otros compañeros de clase.
Kaiba esperó a que Mokuba terminara, y cuando se quitó el cigarrillo de los labios y lo sostuvo entre los dedos, el pequeñín supo que iba a decir algo de importancia.
-¿Qué quieres decir con “tener algo”? –preguntó-. Y sobre todo, ¿”tener algo con los otros”? ¿Se te ocurrió que no tenía nada mejor que hacer, que terciar con tan ínfimo muestrario de fauna?
-¡Muchas preguntas a la vez! –se quejó Mokuba, tratando de hacer tiempo para acomodarse las ideas-. Eh… ¿O sea que te molesta que haya mencionado a tus compañeros de clase? Si ellos son los te idolatran… ¿No decías tú eso?
-No es que yo sea un dios, Mokuba, sino que ellos son patéticos –sentenció Kaiba-. Ahora, contesta la pregunta.
-¿Cuál de todas?
-La segunda.
Decían los estudios que las neuronas de los adolescentes morían si no se les daba uso. Pero aquí el pequeño preadolescente se las estaba quemando en un round de actividad cerebral impresionante. Existía una palabra en inglés para designar tal matanza de neuronas: brainstorming.
-La segunda pregunta –comenzó Mokuba, muy lentamente- tiene la respuesta en la formulación de la tercera, que por descarte me llevó a plantear la interrogante del principio.
Kaiba lo observaba fijamente; el tiempo que demoró Mokuba en terminar de vocalizar las 23 palabras de su enunciado fue el lapso que necesitaba su enésimo cigarrillo de la noche para consumirse por completo. Lo agregó a su colección de colillas en el cenicero, apoyó ambas manos sobre la mesa, y dijo:
-En otras palabras, como no crees que me haya mezclado con los patéticos humanos que son mis condiscípulos, la otra posibilidad que te queda es que los otros que sí importan entren a tallar.
-Lo pones más tranca que yo.
-Tú me palabreas.
-Tú no quieres hablar.
-Alguien me contesta las preguntas con más interrogantes.
-Porque tengo que armarle un interrogatorio a otra persona para que suelte algo.
-Y todo por un pequeño individuo que se niega a aceptar que ya perdió.
Ambos hermanos guardaron silencio y mantuvieron la fija vista en el otro durante unos segundos, ninguno dispuesto a claudicar en su intento de hacer caer al contrario.
Al fin, Mokuba habló:
-Fue Yuugi, ¿no?
Mokuba conocía y reconocía tan bien a su hermano, que creía haber perdido la capacidad de sorprenderse ante cualquiera de sus reacciones. Se equivocó. Todos sus años de práctica tratando de entenderlo no le valieron para agorar la situación.
Tras escuchar el nombre, Kaiba mantuvo la vista fija en Mokuba tres segundos más, luego se dejó caer contra el respaldar de la silla, paseó la mirada por el estudio, reparó en la taza de café que yacía ignominiosamente olvidada, la cogió y bebió un sorbo.
Segundos más tarde, Mokuba salió de su estupor al caer en la cuenta de que su hermano aún no contestaba, ni parecía muy inclinado a hacerlo.
-Pues no vas a decirme que fue Yuugi… ¿El Otro Yuugi? –inquirió.
Kaiba, que había estado bebiendo a sorbos de la taza, se detuvo en seco y casi la dejó caer. Pero mantuvo la vista centrada en algún punto lejano de la pared del extremo opuesto de la habitación, silencioso y estoico.
-Ah, ¿qué? –preguntó Mokuba, que a estas alturas ya no sabía qué otra cara poner-. ¿Sí fue?
Dejando la taza sobre el escritorio, Kaiba se volvió hacia él lentamente, y formuló la pregunta con tanta parsimonia y tranquilidad como le fue posible.
-¿Haría alguna diferencia el que te lo diga?
-Depende –respondió Mokuba, devolviéndole la seria mirada- de que si de verdad me lo vas a contar o no. ¿Vas a contarme ahora?
En un gesto casi imperceptible para el ojo humano –aunque Mokuba sí captó el movimiento, gracias a su entrenamiento especializado en esas lides-, Kaiba lanzó un brevísimo suspiro de alivio, se enderezó en la silla, y mientras buscaba otro cigarrillo más, soltó una sola sílaba de dos palabras, terminante adverbio de negación.
-No.
-¡¿Cómo que no?! –gritó Mokuba, anunciándose de esa manera a toda la ala este de la mansión-. ¡¿Y para esto me has tenido haciéndote la conversa todita la madrugada?!
Kaiba pitó el cigarrillo, lo sostuvo entre el índice y el dedo medio, y apoyó ligeramente el mentón en el puño cerrado. Exhaló el humo con gracejo y miró al pequeño a punto de tener un colapso.
-Parece que he estado descuidándote un tanto –dijo cuando Mokuba se detuvo para respirar-. ¿Desde cuándo vienes tú a gritarme?
-¡Te grito porque tú no entiendes! ¿Cómo puedes ser tan cabeza dura, hermano?
-Cuida ese tono de voz para conmigo, pequeño –dijo Kaiba, aunque la frase no era una advertencia. Le dio otra pitada al cigarrillo.
Pero el pequeño seguía dando saltos, moviendo las extremidades superiores e inferiores y sacando el aire de sus pulmones a viva voz.
-¿Qué caso tiene? No importa cómo te lo diga, ¡tú nunca entiendes!
-Ah, o sea que ahora es exclusivamente culpa mía –dijo Kaiba, exhalando el humo:- yo no entiendo.
-¡Sí, sí, sí! ¡¿Crees que me tendrías aquí haciéndote todo este teatro si te entendieras algo de entrada?!
-Disculpa a tu obcecado hermano mayor y su estrechez mental de entendimiento. –Kaiba se recostó en la silla-. Después de todo, perdonar a los mayores es el oficio de los hermanos menores.
-¡Cómo me palabreas! –Mokuba levantó los ojos al cielo (raso) y alzó ambos brazos, como pidiendo clemencia al santo que estuviese desocupado en ese momento-. ¡¿Y no eras tú el que hace un ratito no soltaba prenda por lo de su roche con Yuugi?! ¡Si gastas saliva en bla bla bla…!
-Si hubiera sido con Yuugi, esto no pasaría de anecdótico. Pero como el roche fue con el malnacido extra, el asunto llega a niveles de cojudez incidental todavía rescatable.
El silencio que retumbó en la pieza fue el anticlímax de la situación.
Kaiba volvió los ojos hacia Mokuba, que se había quedado congelado en tiempo y espacio tras escuchar esa última frase, tuvo un pensamiento de efímera existencia que le decía que acababa de hacer otra confesión involuntaria, y recordó al fin exhalar el humo.
-Tú no escuchaste eso –dijo, poniendo su atención visualmente en el mismo punto de la pared que estudiaba desde hace varios minutos.
Mokuba se descongeló, bajó los brazos, cerró la boca, se acercó a su hermano y a treinta centímetros de distancia habló:
-Oye, hermanito, no sé si es porque estaba alterado, o porque ya me volví loco y toda la nota, pero mira que hace como medio minuto recibí un mensaje psíquico que me decía que sí tienes un roche con Yuugi, y por eso estás más fastidioso que de costumbre. –Mokuba recordó que debía respirar entre línea y línea. Tomó una bocanada de aire y prosiguió:- Digo, ¿no? Tuvo que ser mental la revelación, como tú me dices que yo no oí nada de nada…
-Tenemos un psíquico en la familia –dijo Kaiba, a punto de completar su tratado sobre los puntos visuales en las paredes del fondo de tu estudio-. Y yo todos estos años sin darme cuenta.
-Mmmm… -Mokuba cerró los ojos en un gesto de concentración profunda-. Mis ondas telepatéticas me mandan una señal… Una criatura intenta comunicarse conmigo… Pero no le sale… Está diciendo que… Que… Ah –abrió los ojos-, quiso decir que la fregó, que su roche ya fue, y que ahorita lo arregla… -Miró inocentemente a su hermano-. ¿Tú crees?
-El cerebro humano es una encrucijada. –Kaiba daba por concluida su tesis sobre el interés en las paredes y se volvió hacia Mokuba-. Si has tenido la revelación, psíquica o divina, vive contento con lo que has dilucidado, porque te aproximaste más al quid del asunto que lo que a mí me hubiera gustado.
Le dio una última y larga pitada a la colilla, y luego, golpeándola con el pulgar derecho, la hizo volar para caer en la taza de café. Extrajo otro cigarrillo y lo encendió.
-¡Mis poderes funcionan! –exclamó Mokuba-. Pero me parece que ahí nomás quedaron. Ese ser inteligente que se estaba comunicando conmigo ya no manda más señales…
-Hoy por la noche –dijo Kaiba, recordando que era las 3:15 de la mañana del jueves- es una buena fecha para reanudar las comunicaciones. ¿Podrás esperar hasta entonces?
-Bueno, si he esperado hasta ahora, otras 18 horas no son nada. No parecen nada. ¡Se pasan volando!
Kaiba no recogió el poco disimulado sarcasmo de las palabras del chaparrín, que al parecer había olvidado ya el tan poco común ataque de histeria (en él) que había tenido tres minutos atrás, y regresó la atención a los papeles, abandonados de momento sobre su escritorio. Cogió el primero del grupo y comenzó a repasar lo leído.
-Por si no te diste cuenta, era broma –señaló Mokuba, ya que su hermano estaba regresando a su estado de indiferencia global-. Ahora no pensarás que nos hemos estado cogiendo de punto huevonísticamente sólo porque nos dio la gana, ¿no? Yo con la conversa y tú con tu drama…
-Mokuba –dijo Kaiba, sin despegar la vista de la superficie del papel-, tú me conoces desde que has nacido. Si has podido con 12 años de mi existencia, otras 18 horas no te harán daño. –Dicho eso, cogió el cigarrillo y lo puso entre sus labios vuelto al revés.
-Ah –dijo Mokuba, desviando la vista distraídamente en un gesto muy bien ensayado-, o sea que me estás diciendo que es momento de que yo pruebe qué tan paciente hermano menor soy y me quede calladito… ¿Y si te menciono de nuevo la palabra “Yuugi”…?
En el acto, Kaiba se congeló y olvidó cómo respirar. Con la naturalidad que daban años de práctica en esas lides, superó el momento, su respiración volvió a ser una actividad automática y él volvió los ojos muy lentamente hacia su hermanito menor, que esperaba la respuesta en su reacción.
-Sólo a ti te lo podría decir –le reveló Kaiba:- no golpees tan bajo.
-Conque allí sí me respondes, ¿no? –se burló Mokuba, aunque sin malicia-. Tú mismo dices que te conozco bien, así que no te quejes diciendo que ésa no la vista venir.
Kaiba, que había estado hablando sin quitarse el cigarrillo de los labios (y sin quemarse en el proceso, por supuesto), regresó la vista al papel que aún sostenía en las manos, lo puso sobre el tablero del escritorio y comenzó a doblarlo cuidadosamente.
-Y, bueno –inquirió Mokuba, algo frustrado al ver que su hermano seguía eludiendo el tema sólo cómo él podía hacerlo-, ¿estás esperando a que te repita el nombre prohibido o qué?
-Preferiría no escucharte nombrarlo –respondió Kaiba, concentrado en lo que estaba haciendo.
-Claaaaaaro –dijo Mokuba-, pero, hermanito, ¿me escuchaste bien la pregunta? Lo que yo en verdad quise darte a entender fue que si no sueltas algo ahorita mismo, me obligarás a jugarte sucio y… ¿Qué haces?
Kaiba alzó el avión que había hecho con el papel. Lo examinó por unos instantes y luego, quitándose el cigarrillo de los labios, le prendió fuego con la colilla.
-Me deshago del papeleo innecesario –explicó, a la vez que lanzaba el avioncito por los aires y regresaba el cigarrillo a su lugar entre sus labios.
El modelo aerodinámico dio unas cuantas vueltas en el espacio vacío del estudio, y finalmente fue a posarse sobre el suelo, consumiéndose lentamente.
Mokuba cruzó los brazos, ladeó un poco la cabeza y recordó poner su mejor cara de preocupación (también ensayada con anticipación para estos casos).
-A ver, ¿cuántas neuronas se te han muerto ya? –preguntó-. ¿O esto es porque nunca tuviste infancia?
-Como te dije –Kaiba inició el armado de otro avioncito a escala con la segunda hoja de papel del fajo de documentos-, sólo me estoy encargando de la burocracia escrita.
-Ay –se quejó Mokuba, más divertido que fastidiado (pero disimulándolo al extremo)-, ahora sucede que te cojudea escuchar el nombre de Yuug…
-Tranquilo, pequeño –interrumpió Kaiba, mandando al aire su segundo modelo en llamas-. Ya has escuchado todo cuanto podías haber escuchado por el momento. No insistas.
Un pensamiento se formó en la cabeza del chaparrín apenas las cenizas del avión tocaron tierra: “Pobre, y todo esto porque le negaron la chiquititud… Pero vaya si está que me mece desde hace rato…”
Cambia de estrategia fue el siguiente pensamiento que cruzó fugaz por la mente del chico. “O va a terminar quemándote la casa sólo porque de chiquito nunca lo dejaron jugar…”
En cuanto su hermano cogió varios papeles más y les prendió fuego a todos con los restos de la colilla, dejando que se consumieran sobre el escritorio, Mokuba puso en práctica otra de las expresiones reservadas para momentos de emergencia: su rostro de inocente hermano menor.
-¿Y para eso cuidabas tanto de no quemar los papeles con la ceniza del cigarro? –preguntó-. ¿Quién te entiende? Ah, bueno, se suponía que ése era yo, ¿no?
Kaiba reparó en él, tratando de ver qué había detrás de la artimaña.
-¿Intentas decirme algo? –preguntó.
-Un montón de cosas, pero mira que acá el que tiene que estar hablando eres tú, no yo. –Mokuba tomó aire-. Espero que no se te vaya a ocurrir hacerte el loco después y te olvides de que en la noche hablas.
-Ése era tu punto. –Kaiba buscó otro cigarrillo y lo encendió-. Pierde cuidado. No lo olvido.
Obviamente, Kaiba no creería que su hermano, de pronto y sin mayor razones, había abandona la lucha armada y frontal para claudicar a favor de la tan prometida conferencia a celebrarse esa noche, pero Mokuba puso otra expresión demasiado candorosa para ser resistida.
-Pero mientras tanto –dijo-, para hacer tiempo, ¿me cuentas qué tanto me acerqué al blanco?
En dos pitadas sostenidas, Kaiba había consumido la mitad del cigarrillo.
-Te equivocaste en una de tus suposiciones –dijo, decidiendo que las razones de Mokuba bien podían esperar. Un cambio de temática era bienvenido, y optó por seguir la conversación divergente-. Hablé con todos los sospechosos de tu lista.
-¿Um? ¿Con todos? ¿Jounouchi, Honda, Bakura y Yuugi? ¿Y entonces por qué me dijiste que ellos no tenían nada que ver?
-Yo me limité a preguntarte si tú creías que ellos tenían algo que ver, y fuiste tú el que me dijo que no. –Y agregó, sin el menor tono de burla:- Aprende a hacer las preguntas correctas.
Mokuba hizo pucheritos mientras tomaba nota mentalmente: “Preguntas, hacer las preguntas correctas…”
-Por otra parte –continuó Kaiba-, “hablar” no implica lo mismo que “departir”. En esos términos, sólo intercambié razonamientos verbales con un pensante de tu lista.
-O sea que –tradujo Mokuba del idioma de su hermano al cristiano- sólo conversaste con uno. ¿Quién fue?
-¿Dije “un pensante de tu lista”? –Kaiba terminaba con el cigarrillo-. Tenía que haber sido “el único pensando de la lista”.
-Fue Honda –afirmó Mokuba, respondiéndose él mismo la pregunta-. A él si lo quieres, ¿no?
-Sólo a sus neuronas. –Kaiba tiró la colilla a la taza-. Y no vuelvas a decirlo de esa manera, que se me encogen los huevos al oír la mariconada.
-¡Escúchate tú mismo decir eso! –exclamó Mokuba, pero al ver que su hermano se aprestaba a recriminarle la pulla, dijo rápidamente:- Bueno, ¿y de qué hablaron?
-De los roches involuntarios y las metidas de pata por cojudos, la manera de arreglarlos y afines –respondió Kaiba, sin parpadear-. Sabrás la historia completa en 17 horas con 50 minutos.
Abrió el cajón de su escritorio en busca de la cajetilla interminable, pero Mokuba detuvo su mano.
-Ya ha sido suficiente nicotina en una sola noche –le dijo-. Tienes para eliminarla de tu existencia de aquí a medio año.
Kaiba cerró el cajón.
-De acuerdo –dijo-. Como que ya es hora de que te vayas a dormir. Vas a la escuela por la mañana.
-Sí, sí –aceptó Mokuba, un poco desilusionado-. A la escuela de todas maneras… Al menos, me voy realizado. ¿Qué hay con la servidumbre? No los vas a tener trabajando todavía, ¿no?
-Para eso les pago.
Mokuba echó una mirada en derredor, examinando la montaña de colillas, el bosque de botellas y el lago de café con dos colillas de cigarrillos flotando a la deriva, los restos de los avioncitos calcinados, las cenizas de los papeles innecesarios y aquellos documentos que habían sobrevivido al incendio descansando sin ningún orden sobre el escritorio.
-Qué bueno que les pagas bien –dijo.
Kaiba se puso de pie, manteniendo la vista fija en el extremo opuesto de la habitación.
-Mokuba –dijo-, hazme recordar también que tengo que mandar redecorar esa pared.
El pequeño lo miró, y luego miró la mentada pared.
-Ah, ¿qué?
Fin del capítulo 5
NOTA
(1) He tomado toda la frase de una tira cómica que aquí en Perú aparecía publicada diariamente en un periódico, “Óscar y Luichín”, por Andrés Edery. Uno de los personajes es Bilgueits: estoy segura de que así se verá Kaiba cuando llegue a los 35 años.
GLOSARIO
-Palabrear: (Verb. coloq. y fam.) Confundir hablando largo, tendido y, mayormente, sin mucho sentido.
-Coger, agarrar, tirar: (Verb. coloq. y vulg.) Curiosamente, la lengua española adolece de una palabra que explique cabalmente lo que en inglés implica, denota y connota el verbo “to fuck”. Mojigatería, tal vez… Los tres verbos mencionados denotan la realización del acto sexual, en términos vulgares, obviamente.
-Tranca: (Adj. coloq. y fam.) “Difícil, complicado”. También se usa como sustantivo, pero allí el significado cambia. “Pegarse una tranca” equivale a decir “pegarse una tremenda borrachera”.
-Roche : (Sust. coloq. y fam.) « Vergüenza », « algo bochornoso », aunque últimamente el significado ha variado para significar casi lo mismo que “impase”, un problema que se tiene con alguien.
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