Those long days passing by from that door, like late summer. They slowly fade away.

Heaven, Persona 4

Nada Que No Hayas Visto Antes, Cap. 6

Capítulo 6: Cuando La Desesperación No Es Señal De Nada

Un ente incorpóreo, en la base que acredite su existencia, se definía como un ente no material y no corpóreo (salvando la redundancia lingüística), sutil e imponderable. Por supuesto, el no poseer un espacio físico delimitado no evitaba que este astral ser fastidiase a su mesurable y viva contraparte.

-Socio, ¿vives? (1)

Yuugi estaba inclinado sobre el escritorio, ambos codos sobre el tablero, las manos sujetando la cabeza y un lamento en los labios.

-Era tan simple –decía-, y de pronto se nos complicó. No es como si el asunto nos fuera a matar, o algo así… Qué importa, tú ya estás muerto… Pero era una cosa chiquita… Y se hizo así de grande…

-Bueno… -Ahí tenían otro de esos momentos decisivos en la existencia de toda criatura, respirara ésta o no: hablar o callar. Pero, en fin, las cosas ya estaban bastante mal. Si se podían peor (siempre cabía la posibilidad), siempre podía pegarle un balazo a alguien-. Mira, socio, hace rato que me estás ignorando y yo no puedo pasarme el tiempo flotando por ahí…

Yuugi volvió la vista hacia el ser que gravitaba en torno a él –literalmente: flotaba- y lo congeló con la mirada en el acto.

-Es tu culpa –le dijo.

El espíritu descendió unos treinta centímetros y se puso a la altura de su achaparrado y ojoncísimo compañero.

-Aguanta. ¡Para tu coche! –exclamó, sin asomo de señal de abatimiento por la directa acusación. El tono con el que hablaba era más bien de sorpresa-. Socio, te paso lo que quieras, o casi, pero… ¿Cómo es que ahora vienes a echarme la culpa de esta vaina?

-No me quejo ni te echo la culpa de todo –aclaró Yuugi, un poco exaltado-, sino sólo de haberlo malogrado.

-¿Y eso no es lo mismo?

-No. Te dejo a cargo y tú… -Yuugi se cubrió el rostro con ambas manos-. ¡¿Cómo es que siempre te las arreglas para cagar lo que es tan simple?!

Ahí tenían otro momento decisivo en el historial de cuanta criatura viviente (o que había vivido) que guardara memoria. Tal vez en un futuro medianamente lejano, tal criatura haría un recorrido mnemotécnico por los enrevesados recovecos de los anales de la recordación y sacara a relucir esos récords personales. Tal vez en ese mismo futuro para nuestro ajetreado espíritu, este pasaje no se vería tan mal. Haber tenido a una de las cosas más lindas sobre el planeta al borde de la putamadreada verídica no parecería un paisaje tan desolador. Posiblemente no.

-Compañero –comenzó el espíritu en cuestión; de no haber tan etéreo, hubiera puesto ambas manos en los hombros del chico-, tienes derecho a echarme la culpa. Pero… -De no haber sido un ente tan del otro mundo, hubiera pensado mejor las siguientes palabras-… ¿No crees que estás siendo poco razonable? Eh, digo, pues…

El ojón dejó de lamentarse por un momento para dirigir una fulminante mirada al traslúcido ser; ese gesto decía mucho por sí mismo ya que, después de todo, eran dos inmensos ojos los que acribillaban.

-Sí, ¿no? –soltó-. Tengo una bonita idea, tú te opones, te convenzo para que me apoyes, tú te resientes, yo pienso que es divertido, tú te pones quisquilloso, yo te advierto, tú no me haces caso, mira en qué termina la cosa, tú te haces el loco, la gente trata de ayudar, tú los mandas de paseo…

Yuugi se detuvo para respirar, giró en la silla, cerró los ojos, puso las manos sobre las rodillas, contó hasta diez y prosiguió:

-¿Sabes? Tienes razón: no estoy siendo razonable.

El interpelado se colocó frente a él, con toda la emoción que suponía vislumbrar una salida al problema de turno.

-En serio, ¿no?

Yuugi abrió los ojos.

-No –dijo-. Estoy siendo un cojudo. –Y, volviéndose, regresó a su ronda de lamentaciones frente al escritorio.

-Bueno, ¡estamos progresando! –gritó el espíritu, sin tomarse el tiempo prudente para procesar el enunciado verbalizado-. Acabas de soltar la variable verdad de que somos unos cojudos por haber hecho lo que hicimos…

-El cojudo soy yo –corrigió Yuugi, concentrado en el tablero de su escritorio-. Tú eres un huevón.

-¿Podrías al menos darte la vuelta para que me expliques las diferencias semánticas en eso? -preguntó el espíritu, con mucha naturalidad-. Hablar con tu espalda es frustrante, rayando en lo idiota.

-Hablar con el espíritu de un faraón con tres mil años de muerto puede ser tan exasperante… Aparte de calificar para cosas de locos.

-¿Y qué quieres que te diga? ¿Qué ya entendí las indirectas, así que mejor me cuadras las puteadas de frente y a mansalva?

Yuugi se volvió tan violenta y precipitadamente, que su espíritu jodiente quedó frente a un par de muy grandes y no menos expresivos ojos antes de poder sopesar qué estaba pasando allí.

-Y es por eso que eres un huevón –le dijo Yuugi-. Sabes, entiendes, deduces, ¡pero nunca dices ni haces nada!

El incorpóreo ser comenzaba a preguntarse sobre la frecuencia con la que un humano debía parpadear. Ese par de ojos era enervante – entendido de ambas maneras.

-Suenas a Honda mandándose con otras de sus cachetadas a la conciencia –comentó.

Yuugi lo miró un par de segundos más; luego, suspiró y relajó el cuerpo. Se llevó una mano a la cabeza, como un niño pequeño enfrentado a un inextricable problema de menor cuantía.

Su espíritu imitó el gesto y suspiró también, si acaso era posible que un ente insustancial suspirara. No tenía pulmones.

-Bueno, ya –dijo- Borrón y cuenta nueva a todo lo que dije. Tú tienes la palabra. ¿Qué era lo que venías contando…?

-Lo huevón que eras –replicó Yuugi, aún perdido en sus cavilaciones.

-Sáltate esa parte y dale para atrás, socio. La momentánea resignación se estaba diluyendo en una considerable masa de histerismo-. Me refiero a tu declaración…

-…En la que yo anunciaba abiertamente lo cojudo que he sido al haber confiado un asunto de suma importancia a un huev…

-¿Quieres dejar de repetir esa palabra? –mandó el otro, apenas vocalizando al tener los dientes apretados-. ¿Desde cuándo me hablar tú así? Las malas juntas…

Yuugi le dirigió una mirada de reproche.

-No vivo en una concha –contestó, severo-. Me doy cuenta de que lo ocurre a mi alrededor. Aprendo de los otros. Y tú tampoco vives como una ostra, ¿sabes? Es hora de que vayas enterándote.

-Ah, socio, socio –dijo el espíritu, cerrando un puño mientras buscaba cómo calmarse-. En primer lugar, yo no estoy ni vivo, y en segundo, no me compares con una ostra, que uso tu cuerpo, ¿recuerdas?

-Como un parásito, ¿no?

-Usa el adjetivo “simbiótico” después del sustantivo “relación”, socio.

-No me vengas con clases de sintaxis.

-Ah, perdón, mis disculpas. –La ectoplasmática contraparte del chaparro levantó ambas manos, mostrando las palmas en señal de desagravio-. Te estoy cambiando el tema, ¿no? Claro, pues, que si acá comenzamos hablando de la magistral manera en la que meto las cinco cuando sólo cabían cuatro –el espíritu comenzó a caminar de un extremo a otro de la habitación, pasos lentos y medidos-, y tú no olvides explicarme las diferencias semánticas entre “cojudo” y “huevón”… –Hizo una pausa y se cogió el mentón, reflexionó por escasos segundos y continuó:- Ah, socio, toma nota, que después hay que discutir también sobre la morfosintaxis de esos sustantivos… Bueno, como te decía –reanudó el paso-, estábamos en clase de semántica cuando tú pasaste a ilustrarme sobre los moluscos y las interesantísimas vidas que sin duda alguna llevan. Así, pues –se detuvo y puso ambas manos tras la espalda-, si justo, justito en ese momento paso a referirte una rápida, fugaz clase de sintaxis… -Cerró los ojos, tomó aire (si aquello era posible para él), contó hasta tres, los abrió y gritó:- ¡¿SOY YO EL QUE TE ESTÁ CAMBIANDO EL TEMA AQUÍ?!

-Veamos –dijo Yuugi, que lo había escuchado atentamente y sin inmutarse luego-, para empezar, yo no te he dado a entender que me hayas estado cambiando el tema, ni mucho menos te lo he reprochado. Y después –aquí, una expresión de severidad cruzó por el rostro del chico-, yo no estaba yendo por la tangente, sino que me cortaste antes de que terminara la idea.

-¿La idea? –gritó el espíritu-. ¡¿Con qué clase de rollo te me estabas mandando?! ¡Y sobre tu sentido del humor sarcástico, déjame decirte que no te lo apruebo nada!

-Lo de la ostra no era sarcástico, sino metafórico. O una analogía…

-¡Argh! –De haber tenido un cuerpo físico y un corazón en él, le hubiera reventado-. ¡Deja de andar tanto con Honda! ¡Y de una condenada vez, deja de cagarme!

-¡No pretendo hacer nada de eso! -gritó a su vez Yuugi, ofendido-. Eh… Quiero decir –comenzó a elucubrar, tranquilizándose-, no le eches la culpa a Honda, que no tiene nada que ver y más bien, nos está ayudando. Y… No es como si yo quisiera cagarte, ¡pero tú te estás vendiendo solito!

El espíritu se cogió la cabeza con ambas manos y se tiró de los cabellos en lo que parecía el preludio de un ataque de historia digno de ser presenciado.

-¡No lo soporto! –gritó-. ¡¿Por qué no me dices de una vez que es mi culpa, y acabamos?!

-Oye, eso fue lo primero que te dije. Se supone que por eso comenzamos esta discusión. ¿Ya no te acuerdas?

No es como su vida fuese común, o silvestre, o medianamente normal, pero Yuugi Mutou parecía haber nacido predestinado a tener una existencia muy particular. Además de espíritus, objetos mágicos y presencias malignas pretendiendo el poder, ahora tenía que enfrentarse a esta amenaza: un faraón con tres mil años de muerto en un ataque de histeria.

-¡No! ¡No lo acepto! –gritó el mencionado faraón, cayendo de rodillas-. ¡¿Por qué todo está en mi contra?! ¡¿Qué he hecho yo para ofender a Shait?! ¡¿Es que Ma’at me ha abandonado?! (2)

¿Podía alguien concebir un cuadro más devastador que éste? Acaso fuese factible, dado el caso de que se estuviese dispuesto a aceptar que la imagen de un convulso ex faraón despotricando contra sus deidades patronas por culpas no tan exclusivamente propias no representaba, en el estricto sentido de la palabra, el preludio a una batalla en Megiddo. No: podía ser peor. (3)

Yuugi suspiró, derrotado antes de siquiera pretender la batalla allí. Necesitaban a alguien que pensara bien las cosas en ese lugar y ese momento, y ya que las opciones no abundaban, tendría él que asumir tal posición. La de hombre pensante y jodiente.

-Bueno, bueno, ¡BUENO! –gritó, callando a su histérico espíritu acompañante gracias a su superioridad fonética-sónica-. ¡Vamos a arreglar las cosas ahora! ¿Me escuchaste? ¡Y comienzo diciendo que reconozco que esto también es culpa mía!

-¿Sí? –preguntó el espíritu, de rodillas en medio de la habitación, las manos a ambos lados de la cabeza y una expresión de escepticismo y suspicacia por igual en el rostro.

-¡Sí! –Yuugi cerró los ojos, tomó una bocanada de aire, y cuando los abrió de par en par, los rasgos de su rostro se habían suavizado-. Mira lo que tengo que hacer para que dejes de comportarte como un tonto.

-¿Reconocer tu culpa? –inquirió su espíritu-. Y… ¿Cuál tonto?

-No: gritarte. Y el tonto eres tú. ¿Es que ves más candidatos por aquí?

-Al menos, ya te olvidaste del otro adjetivo.

-Yo diría que es un epíteto.

-No comiences, socio.

-Pues, tú no me la sigas.

Ambas partes, el material relajado y el ectoplasmático histérico, quedaron en silencio un instante, se miraron como si no tuvieran nada más qué hacer, pensaron simultánea y sincronizadamente en la horizontalidad de la verticalidad en la diagonal de la onda existencial en la Cuarta Dimensión, y finalmente retomaron la escena desde donde la habían dejado.

-¿No estabas tú diciendo algo sobre la soportable irremisibilidad de TU ser? -preguntó el espíritu, poniéndose de pie.

-La verdad, estaba dilucidando sobre la naturaleza de los faraones que sueñan con benúes perturbados –respondió el aludido, cruzado de brazos.

Otra glacial pausa para permitir un momento de reflexión sobre el concepto de la retroalimentación en la teoría cibernética de la comunicación.

Y, de pronto, ocurrió. Sucedió en una noche de miércoles –de día miércoles-: se comprobó que el exiguo hábito del raciocinio podía ser, a veces y en contadas ocasiones, contagioso. Dadas las circunstancias adecuadas, todas las variantes de un fenómeno podían apuntar a un resultado positivo. En otras palabras, allí tenían a dos tercos que no salían de sus treces y, por mandato superior o súbita dilucidación del intelecto, uno de ellos cayó en la cuenta de que hace rato estaban que se la mecían.

Con todo el realce y poserismo que podía reunir en su persona un antiguo faraón, el espíritu se recompuso la postura, se sacudió el histerismo acompañante y se plantó sólido.

-Socio –dijo, y habría que sorprenderse al escuchar el histrionismo que una palabra de dos sílabas y un diptongo podía conllevar-, ya es suficiente. Mira, te agradezco que me hayas hecho llegar a ese punto para que yo solo caiga en la cuenta de que hace rato nos la mecemos con la del racionamiento circular… Este asunto tiene que ser resuelto entre hombres…

-¿Ah, sí? –preguntó Yuugi, y habría que sorprenderse al escuchar el escepticismo que una interjección y un adverbio podían conllevar-. Entonces, anda y tráeme al segundo hombre que necesito para comenzar el debate.

Otra pausa sostenida; en el entretiempo, el espíritu de Ra bien podía haberse elevado, viajado a Arabia y regresado a Iunu. Al final, el ex faraón sin profesión conocida desvió la mirada a algún punto de la habitación, pensó dos segundos en dos palabras, y regresó la atención al joven que lo observaba en silencio. (4)

-Sabes que eso me dolió, ¿no? -dijo, serio e inconcebiblemente tranquilo-. ¿Se puede saber qué pretendes?

-¿Yo…? –La voz de Yuugi, de tan natural, sonaba casi fingida-. Nada. ¿Por qué crees que me traigo algo entre manos?

Su incorpóreo acompañante se deslizó por los escasos dos metros que los separaban y se cuadró frente a él, inclinándose para ponerse a su misma altura. Yuugi aún estaba sentado.

-Tengo muchas maneras distintas de hacerte hablar –le dijo, pausada y significativamente-, pero me parece que no tendrías nada interesante que decirme.

Yuugi estaba a punto de verbalizar su más reciente interrogante –que versaba sobre la naturaleza del enunciado de su espíritu: ¿había sido aquello una amenaza o una simple oración indicativa?-, cuando escuchó tres toques a la puerta.

-¿Yuugi? –llamó Sugoroku-. Tienes una llamada de tu amigo del colegio.

-Ahora voy –contestó el joven; poniéndose de pie, dijo a su acompañante:- ¿Notas que el abuelo no ha querido entrar al dormitorio? Para mí que debe estar pensando que su nieto está pasando por la terrible etapa de la adolescencia… -Se detuvo a tomar aire para continuar-… En la que uno se dedica a liberar tensiones gritándole a seres imaginarios.

-Seres de tu imaginario común y silvestre –fue la no audible respuesta, ya que el ente que le replicaba, en teoría, no podía hablar-. Creo que toda la cuadra te escuchó gritándole a tu inexistente y culpable amigo, ¿no?

Yuugi comenzaba a sentir que ese día, después de todo, no había estado tan mal. Gritar y fastidiarle la existencia a otro ente parecía ser un eficaz método de relajación. Aún estaba pensando en lo realizado que se sentía de pronto cuando cogió el auricular; el teléfono estaba ubicado a pies de las escaleras. No notó que sabiamente, tal vez sabiamente, había desaparecido del rango de visión: no se veía señal de él.

-¿Hola?

-¡Yuugi! ¡Soy Jounouchi! Oye, disculpa que te llame a esta hora… No estabas ocupado, ¿no?

-No, claro que no.

-Eso me sonó a “sí, recontra ocupado, pero ya que llamaste, ni modo, pues.”

-¿Eh? ¿Tan poco convincente me salió?

-Te falta práctica. Por lo menos, creo que ya estás de buen humor. O sea, ya estás de buen humor. Una visita al maraco de Honda te hace la vida… Menos cagada.

-¿”De buen humor ahora”? ¿Y cuándo he estado de mal humor yo?

-Ah, bueno, de repente tú no. La tuya era cara de asustado… ¡Ejem, digo! Era aquí mi amigo el Señor Carisma el que anunciaba el fin de SUS tiempos.

-Je. Jounouchi, tú sí sabes que él está al tanto de todo lo que me dices, ¿no?

-Claro. Por eso te digo lo que te digo. Oye… Regresando al asunto… Mañana es jueves…

-El día anterior al viernes y posterior al miércoles. A menos que estés usando otro calendario.

-¿Por qué tampoco tú me dejas terminar cuando hablo? Bueno, si mañana es jueves, serán cuatro días desde el domingo.

-Así es. ¿Por qué estamos haciendo un repaso básico de matemática de primaria?

-Para que yo te pregunte: y, bueno, ¿para cuándo se arregla el impase?

-Eh… Eh… Jounouchi, ¿fue sólo para eso que llamaste?

-En parte.

-Ajá… ¡¿Y SE PUEDE SABER DESDE CUÁNDO ANDAS METIÉNDOTE TÚ EN PUTOS ASUNTOS QUE NADA TIENEN QUE VER CONTIGO?! ¡¿O ES QUE TANTO TE JODE LA MIERDA QUE ME TRAIGO?! ¡NO AYUDES AQUÍ!

-Ah, ¡hola, hombre! ¡Eres tú! Y yo que pensaba mandarte saludar con Yuugi. Oye… Todo anda de la putamadre por allá, ¿no?

El auricular se estrelló contra el aparato telefónico cual ignorante caído del palto se daba de frente contra el muro de sus verdades. El teléfono cayó al suelo; cinco minutos más tarde luego de que la gravedad probara su vigencia, Yuugi se inclinó, recogió el aparato y lo puso sobre la mesita en la que descansaba. Y tres segundos más tarde, volvió a sonar.

-¿Hola?

-¡Hola! Soy yo de nuevo.

-Eh… Jounouchi, lo de antes fue…

-No te preocupes. Más bien, me disculpas con el otro por fastidiar. Lo hice a propósito. Es que quería ver si todavía seguía histé… Molesto. ¡Eso es todo!

-¡Espera, espera! ¿Sólo llamaste para decirnos eso?

-Esta vez, sí. La primera vez fue porque quería ver si me podían acoger esta noche. Me quedé sin auspicio y sin lugar en donde dormir… Revisaba si las cosas andaban calmadas por allá.

-¿No tienes en donde pasar la noche? ¡Puedes venir!

-Ah, gracias. Pero no quiero molestar. No es como si no quisiera verlos o algo así… Como sea, voy a fastidiar a Honda. Sacrificaré mi integridad física y psicológica al exponerme a esos dos… Digo, tres.

-¿Vas a ir a ver a Honda? Debe estar con Bakura…

-¿Y? ¿Qué va a hacerme Bakura? ¿Violarme?

-Hey, Jounouchi…

-Bueno… Nos vemos mañana. No se preocupen, que iré casto al colegio. Ah… ¡Ignoren esa parte!… Nos vemos, nos vemos…

Luego de que Jounouchi colgara al otro extremo de la línea, Yuugi regresó a su dormitorio, cerró la puerta tras de sí e ignoró al nuevamente manifestado ente ectoplasmático en cuanto éste se hizo visible. Pasó a quitarse el Rompecabezas y a dejarlo sobre la mesita de noche, medida cautelar para no tener una dudosamente plácida muerte en sueños, estrangulado con una cadena de buen grosor. O, en su defecto, una muerte por desangramiento gracias a una reliquia de oro (sería un deceso con estilo) y a alguna de sus esquinas punzocortantes. Sólo cuando se sentó sobre la cama, dispuesto a acostarse, su espiritual acompañante le habló.

-¿No que íbamos a tener una conversación racional?

-¿No que para tener una conversación racional necesitas por lo menos dos seres racionales? –respondió Yuugi, sin aparente toque de sarcasmo-. Aquí sólo hay uno.

-Ja, ja. Ya me habías cogido de animal al principio de la noche. No me repitas adjetivos.

-Si haces una cojudez digna de un animal DOS veces, bien puedes hacerte acreedor del adjetivo DOS VECES.

-Y ahora me dices doblemente bestia. Como somos dos, supongo que es 50 por ciento para ti, 50 por ciento para mí, ¿no?

Yuugi suspiró, esperó unos segundos, tomó aire y pasó a verbalizar:

-¡¿CÓMO SE TE OCURRE HABLARLE ASÍ A JOUNOUCHI?! ¡ÉL SE PREOCUPA POR TI!

-¿Ya terminaste con el gritón de rigor? –preguntó el interpelado tentativamente una vez que las últimas ondas sónicas se perdieron en el subsiguiente silencio de la habitación.

-Sí. Espero que mañana arregles el asunto –dijo Yuugi, tranquilo y reposado una vez más, mientras se deslizaba bajo las sábanas y apagaba la lámpara de la mesita-. Buenas noches.

-Oye, ¡¿QUÉ?! –gritó el anonadado espíritu, gravitando a un lado de la cama-. ¡Si acá aún no terminamos de habl…!

Si algo descubrió el espíritu de un malhadado faraón en ese momento, fue que su más corpóreo y terrenal contraparte era capaz de quedarse dormido en los segundos que le hicieran falta para dejar de prestarle atención a los gritos de un desaforado desairado, de modo que podía pasar a descansar a pierna suelta sin sobresaltos ni señales externas de incomodidad.

Hasta el amanecer.

-¡Buenos días! –exclamó Yuugi al despertarse; el reloj sobre su escritorio marcaba las seis y media de la mañana. Se desperezó, saltó de la cama y pasó de largo ante el ente astral que seguía gravitando en su habitación; de haber tenido un aspecto más material, se hubiera dicho de él que tenía cara de amanecido: insomnio y cortocircuito mental.

Desgañitarse toda la noche ante la forma dormida de un humano visitando los feudos de Morfeo podía haberlo dejado sin garganta, dado el hecho de que hubiera tenido una garganta qué gastar.

-Hoy será un buen día –anunció Yuugi al aire, camino al baño y absolutamente convencido de sus palabras-. Sé que hoy pasará algo. Y si no… Bueno, tendré que hacer que ocurra.

El casi infundado optimismo material no se le sacudió del cuerpo ni siquiera al regresar a su dormitorio y encontrar otra devengada escena: su otrora histérico espíritu en un mal llevado estado de depresión, acuclillado en el suelo y evocando desgracias pasadas, presentes y futuras por igual.

Pasando nuevamente de largo ante él, Yuugi se dirigió a su escritorio, tomó lo que necesitaba para el día de colegio y se aprestó a salir de la habitación. No se molestaba en recoger los ánimos de su alicaído espíritu, ya que éste era una parte inherente de su persona como el orgullo era la sombra del ego: estaba pegado indefectiblemente a uno.

Estaba a punto de poner pie fuera de la habitación cuando su minimizado orgullo espiritual le habló.

-Compañero, ¿y ahora qué esperas que haga? ¿Que me aparezca en escena pretendiendo componer el desarreglo?

-Bueno… -Yuugi pareció pensar largamente en la posibilidad-. Por supuesto. ¿Acaso no sería éso… Lindo?

-Agh. –Su inherente espíritu recuperó algo de presencia y se incorporó-. No uses esa palabra, que ya te paro la idea.

-Qué bien –sonrió Yuugi, un gesto libre de malicia, pero no exento de sospecha.

-Conozco esa cara. ¿No estarás esperando que vaya y me disculpe o algo así, no…?

-Ah. –Yuugi cruzó el umbral de la puerta; desde el pasillo, agregó:- ¿No sería éso… Lindo?

-¡Socio! –Venía su acompañante ectoplasmático tras sus pasos-. ¿Quieres que me disculpe con el pendejo de Kaiba? ¿Eso dices? ¡Y no me digas que el bastardo te parece lindo!

-¿Qué? –preguntó a su vez Yuugi, con toda la inocencia que el caso pedía para hacer de la burla un golpe maestro-. ¿No puedes?

-Socio, socio… -La inaudible voz de su espíritu era casi trágica-. Eso… ÉSO sería como una patada a los huevos del orgullo.

-En ese caso, míralo de esta manera: al menos, pondrás por sentado que sí tienes.

-Pequeño desgraciado –reconoció el aludido, olvidando de momento la tragedia que tenía a la mano-. ¿Dices “los huevos” o “el orgullo”?

-¿Tú qué crees?

Yuugi llegaba al final de las escaleras. Al pretender tomar el pasillo, rumbo a la cocina, reparó en el teléfono, todavía en una pieza gracias a la fabricación de calidad del aparato.

-¿Estás tan contento de joderme más la existencia, socio? Alto ahí. –llamó su espíritu, adjunto e inherente, obligándolo a detenerse a un lado del aparato-. Si tanto lo pides, y como no me estás dejando más opciones, deja que me lleve otros más conmigo si me vas a hacer caer.

-¿Qué harás?

-Pegarle una llamada al único que parece saber qué ocurre aquí.

-¿Um? ¿Y eso para qué?

-Planeamiento previo al encuentro –fue la respuesta.

-Ya quiero verlo –fue la burlesca y menos que escéptica réplica.

-Silencio. Opina cuando veas los resultados –fue el contraataque a la observación.

-Eso también quiero verlo –fue el punto final al intercambio de opiniones.

Yuugi, el otro Yuugi, cogió el auricular, marcó un número y esperó, como no esperaba que el asunto, milagrosamente o por alguna otra intercesión de orden superior e inexplicable, se le fuera a arreglar. Pero podía intentar hacer algo con el remotamente permutable caso. Como arrastrar a otros en el camino.

Sin embargo, la respuesta (en la forma de una pregunta) que escuchó al extremo opuesto de la línea y situación no fue la presagiada.

-Sísísísísí… ¿Hola…? ¿Quién…?

-…¿Jounouchi? ¿Qué haces tú contestando? ¿Y Honda?

-¿Eh?… ¡Ah, hombre, eres tú!… ¿Que qué hago yo contestando…? ¿Qué haces tú llamando? Aguanta… ¿Qué hago yo aquí…?

-Jounouchi, es muy temprano para que me vengas con cojudeces matutinas.

-…Y yo también te quiero. Un montón, ¿sabías? Sobre todo cuando te me pones así de pendejo. ¡Ah, sí! ¡Ya me acordé! Le pedí alojamiento a Honda…

-Recuerdo que eso fue lo que dijiste anoche.

-Sí, sí… Espera… Me duele la cabeza… No puedo pensar bien…

-Putamadre, qué novedad.

-…No hagas que comience a quererte todavía más, que creo que no es posible, pendejo… Ah… ¿Honda? Sí, Honda… ¿Qué? ¿No está conmigo en la cama…?

-…¿Qué huevadas me estás haciendo escuchar?…

-Ah, caraaaaaaaajo… Es que estoy en la cama de Honda, pues. El teléfono está al lado. Y… Creo que el dueño de la cama no está conmigo ahorita mismo…

-…Y luego me cojudean A MÍ, ¿no?

-¿Qué dices, hombre? No te escucho.

-QUE DEJES DE COJUDEAR DE UNA VEZ, JOUNOUCHI, Y ME DIGAS EN DÓNDE ANDA HONDA.

-¡Cuánto amor del otro lado de la línea…! Ya, ya entendí… Mira, el maraco no debe estar disponible. Ayer… ¿Ayer?… Ah, sí, ayer estábamos en la sala del departamento, y entonces la mierda ésa… Y… Honda… Yo… Esteeee…

-…

-…Se quedaron haciendo… Y me botaron aquí… Y toda la noche…

-¡…!

-Ah… Pues… Creo que no podría pasarte con él ahora… Si es que lo encuentro con vida aún, o sea… Este…

-¡…No vengas a contarme más de lo que quiero saber! ¡Si no está por allí, ya! ¡Lo veré en la prepa, entonces!

-…Sí, sí… Yo también te quiero un mont…

Yuugi volvió a estrellar el auricular contra el aparato telefónico, pero esta vez, en virtud de la puntería que momentos de furia vagamente contenida otorgaban (extrañamente), éste no fue a dar al suelo, sino que se mantuvo en su lugar.

Metros más allá, dentro de las cuatro paredes de la cocina, un desencaminado Sugoroku se preguntaba sobre los dolores del crecimiento propios de los adolescentes y sus efectos secundarios, primigenios o relativos, particularmente por las mañanas. Si hubiera sabido con qué cara recibir a su nieto en cuanto éste entró en la estancia, sin duda la hubiera puesto.

Aunque su nieto ni siquiera se hubiera detenido a apreciar el gesto. Yuugi se materializó de tres pasos en el lugar, cruzó los metros que lo distanciaban de la puerta de salida en una exhalación, y bajo el umbral gritó su despedida:

-¡Hoy es jueves! ¡Tengo que hacer! ¡Me voy!

Pero estaba ya desaparecido antes de terminar de pronunciar las últimas dos palabras.

Fin del capítulo 6


NOTAS
(1) Habrán escuchado a Atem llamar a Yuugi “aibou” a lo largo de toda la serie. Se traduce como “compañero”, “socio”, e incluso “asociado en negocios”, pero en un contexto coloquial, quedaría en “compadre”, “pata”, “causa” y todas las demás formas que tengan en sus respectivos países de llamar a sus grandes amigos. Me parece que “aibou” no tiene connotaciones románticas; es decir, podrá significar “pareja” si hablamos de una sociedad de a dos, pero no “pareja” con respecto a una relación sentimental.

(2) Shait es la poca conocida deidad egipcia del destino. Nacía con el hombre, crecía con él y a su tiempo, moría (para renacer con el siguiente). Ma’at, por su parte, es la diosa de la justicia (tal es el significado de su nombre), esposa de Thoth, divinidad del conocimiento y las artes.

(3) “Megiddo” era una ciudad ubicada a unos 75 kilómetros de Jerusalén. Fue escenario de numerosas batallas entre los egipcios y los sirios; en la Biblia, es llamada “Armagedón”, la guerra santa que precede al Apocalipsis y que destruirá a todas las naciones, según aparece en la Biblia.

(4) Según la mitología egipcia, cuando Ra murió (oh, la tradición dice que murió), su cuerpo fue cremado y de sus cenizas se elevó su alma en la forma de una ave de fuego, un fénix. Esta ave se alejó volando hacia el occidente, pero regresaría a la ciudad de Iunu (conocida comúnmente como Heliópolis, la ciudad en donde era venerado Atem) cada 100000 años en una tradición, 300 en otra.


GLOSARIO DE PALABRAS
-VAINA (sust. coloq. y fam.) Un asunto o cuestión en una situación negativa, digamos, un “problema”.

-POSERISMO: Nosotros (mis hermanos y yo, es decir) usamos la palabra. Proviene del adjetivo (también sustantivo) “posero”; el sufijo “-ismo” hace referencia a una ideología, o un grupo de personas congregadas en torno a este dogma. En otras palabras, “poserismo” implica las ansias de lucimiento personal y ego desbordado como filosofía de vida y modelo a seguir. ¿Alguien nos apoya con el movimiento?

-CAÍDO DEL PALTO (exp. coloq.) Alguien desubicado, tonto o lerdo, que no tiene cabida en un lugar o una situación.

-AUSPICIO (“Quedarse sin auspicio, no tener auspicio”, exp. coloq.) Fondos monetarios-económicos que aseguran la supervivencia de las especies (de la especie humana, en particular). Es decir, dinero contante y sonante. “Quedarse sin auspicio” es “no tener dinero”.

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