Nada Que No Hayas Visto Antes, Cap. 8

January 01, 2004
Fan

Capítulo 8: Hipótesis y Posibilidades

Honda lo había adivinado. Lo había supuesto desde el primer momento en que estos dos individuos cruzaron caminos y el uno miró al otro en picado: esa mirada le decía dos palabras, y una de ellas era una interjección. Había una miríada de asuntos en esta existencia que estaban destinados a gravitar en contraposición; eran, se encontraban frontalmente todo el tiempo (por no decir que se daban de encontronazos) y se repelían. Parecía el rumbo más natural de la vida, tan natural y silvestre (nadie dijo que inteligente). Era una de esas cosas de las que nadie se preguntaba el porqué.

Por lo que Honda prefería pensar más bien en el cómo. En realidad, ésa era otra de esas preguntas de las que esperaba que jamás se encontrase con su respectiva respuesta. ¿Cómo era posible que Kaiba y Yuugi, el otro Yuugi, hubieran terminado sobre el mismo espacio cuadrado sobre una cama? El solo enunciado de la interrogante intimidaba. Pero lo que le producía escalofríos a Honda era la formulación de la respuesta, luego de la hipótesis.

Y después podía pasar a recordar que al enunciado y al planteamiento de una hipótesis le seguía la presentación de las soluciones. Ese asunto lo tenía tan ensimismado como El Pensador de Rodin con el entrecejo de César Vallejo. Pero en vez de Georgette, Honda contaba con el invaluable apoyo de Bakura. (1)

-Déjalo –decía Bakura, estirándose y desperezándose-. ¿Desde cuándo vienes tú acá a arreglar roches ajenos? No hay nada como ver un espectáculo ajeno y pegarse una buena carcajada.

-Cuando me veas con ánimos de reírme me repites la frase –respondió Honda-. Bueno sería si esto calificara para “roche ajeno”. No califica porque no es ajeno sino muy propio… Es un caso de roche bastardo.

-¿Y eso?

-Uno los hace pero luego no quiere reconocerlos. O será que los implicados piensan que si uno no les hace caso, se van solitos o se les puede atribuir a otra persona, al vecino por ejemplo.

Poniendo ambas manos detrás de la cabeza, Bakura dijo, como si no tuviera otro apuro en esta vida:

-Ah, tal vez allí esté el problema. El problema –enfatizó- se queda porque ustedes no dejan que se vaya. O sea, ¿por qué le dan más vueltas al asunto si las dos únicas puntas a los que debería importarle no dan ni medio? (2)

Cualquier respuesta que Honda hubiera podido darle quedó relegada a alguna otra ocasión al ser interrumpidos por Jounouchi. Sin que lo hubiesen escuchado acercándose, el rubio apareció frente a ellos, luego de haber sacado la puerta de sus goznes de un tirón. Si no la había tirado a patadas, era porque la puerta se abría hacia fuera. Uno de esos detalles que salvaban vidas.

-¡Allí estás! –le anunció a Honda como si éste no supiera que, efectivamente, se encontraba sentado en un retrete, en un cubículo del baño de la segunda planta, con Bakura en el regazo y un rubio iracundo en la puerta-. Te he estado buscando por medio colegio y cuarto de distrito. Y ya que estás en tu elemento, eh, hablemos.

-¿Sabes qué? –dijo Honda, quitándose a Bakura de encima y poniéndose de pie-. Me hubieras avisado antes y te invitaba a nuestra reunión.

-Perdón, hombre, pero en baño en donde entran dos ya no entran tres. ¿Qué, de verdad estaban teniendo una conversa sobre algo… algo de importancia allá adentro?

Bakura, que se había sentado al borde del retrete, con ambas manos sobre las rodillas, miró primero a Honda –ocupado ahora en peinarse frente al espejo- y luego a Jounouchi, que acababa de apoyarse en el marco de la puerta, y dijo:

-No.

Ese simple adverbio de negación casi hizo saltar a Jounouchi de la sorpresa. El rubio se volvió hacia Bakura con los ánimos algo revueltos.

-Ah, tú –le dijo-. Desde cuándo estás aquí.

-Desde que casi descuadras esa puerta –respondió Honda por él.

-Eh, como sea. ¿Dices que no hablaban de nada importante?

-Así es –confirmó Bakura, actuando como si nada en verdad hubiese pasado-. Sólo le decía a Honda que le está dando muchas vueltas a un mismo asunto.

Jounouchi lo miró por un instante, luego miró a Honda –que estaba librando una justa con su peinado frente al espejo, impasible-, e intentó hacer el recuento verbal de la situación.

-A ver, ¿me están hablando aquí de lo mismo de lo que yo vine a preguntar?

-Jounouchi –dijo Honda, revisando su copete-, si tú estás pensando en lo que yo estoy pensando que tú no vendrías a pensar porque el sólo pensar en que tú lo pienses sería impensable para mí, entonces… No.

Cualquier respuesta que Jounouchi hubiera podido dar quedó relegada a alguna otra ocasión al ser interrumpidos por un anónimo y distraído alumno, quien abrió la puerta del baño, los vio, se quedó clavado en su sitio, y luego regresó por donde había llegado sin mediar una sola palabra. Era viable, por lo tanto, alegar que la imagen de Honda combatiendo contra su peinado, Jounouchi de pie junto a la puerta del cubículo (que se balanceaba sobre sus goznes) y Bakura sentado aplicadamente en el retrete habían valido más que mil palabras.

Jounouchi consultó su reloj.

-En cinco minutos empieza la siguiente clase –anunció-. ¿Alguien aquí se digna explicarme qué chucha pasa antes de que me gane con el siguiente espectáculo?

-No grites tanto, mi histérica amiga –pidió Honda, dando los últimos toques a su peinado y terminando de enamorarse de sí mismo en el espejo-. Aquí no hay nada que no hayas visto ya.

-Jo –se mofó el rubio-. ¿En qué otro momento de mi existencia he visto a uno de mis mejores amigos en hueveos con el imbécil más grande los alrededores?

-Óyelo reconocer que Kaiba es grande. –Honda abrió la puerta del baño y esperó a que Bakura lo siguiera-. ¿Qué decías que tenía grande Kaiba, Jounouchi?

-Las ínfulas –fue la respuesta-. Ah, sí, ya sé, yo siempre digo que es un huevón, ¿no? –dijo Jounouchi, como si estuviera hastiado del tema-. Pero para decir que es un huevón tendría que reconocer que tiene huevos. Y como no tiene, entonces lo que se le inflaron fueron las ínfulas.

-…Jamás hubiera pensado que llegaría un día en el que te escucharía hablar de la anatomía de Kaiba…

-Ah, ¿qué? Argh, no me des cosa, hombre. Yo sólo hablaba de lo que le cuelga a ese imbécil…

-Tus fantasías freudianas me las pasas otro día, por favor.

En algún momento durante el trayecto hacía el salón de clases –lugar en el que no tenían nada que hacer pero al que iban por inercia y gravedad-, llevando a cuestas tal conversación y casi por acto reflejo gracias la práctica, Jounouchi cayó en la cuenta de que le habían cambiado el tema. De que Honda le había cambiado el tema, en concreto, o era que sólo la idea principal –fuese cual fuese aquélla- había terminado enterrada bajo una montaña de palabras. Y cuando arribaron al salón, tarde como era de esperarse, Jounouchi reconoció, también, que estaba de regreso en el lugar en donde había empezado: hundido en su propia ignorancia.

-Malditos sean –se quejó, con una mano en la puerta-, el rodeo lo tienen ensayado, ¿no? Voy por respuestas y me salen con hueveos.

-¿Dijiste algo, Jounouchi? –preguntó Honda, detrás de él-. Súbete el volumen, que no escucho. O abre esa puerta y entra, que el salón es más acústico que el pasillo.

Y tal y como se le había pedido, Jounouchi abrió la puerta , más por un movimiento reflexivo de la mano que por al voluntad de, efectivamente, entrar al salón, y tan pronto como entró al salón y miró del otro lado, la cerró. Se volvió hacia los dos que lo secundaban y preguntó, con toda la seriedad del caso:

-¿Qué acaso Otogi no se había muerto en el incendio de Mesa Redonda? (3)

Honda miró a Bakura, éste le devolvió la mirada, y respondió:

-No que yo sepa. ¿Quién te pasó la información?

-Nadie –dijo Jounouchi, suspirando-. En realidad, creo que yo era el que esperaba verlo en las noticias, pero nunca salió.

Fue entonces que la puerta del salón –a espaldas de Jounouchi- se abrió y el mentado Ryuuji Otogi apareció, observándolos por sobre el hombro del rubio.

-Hola –saludó Otogi, cerrando la puerta tras de sí-. Ya que ustedes no entran, salí a recibirlos.

-¿Vienes en son de paz y quieres que te llevemos con nuestro líder? –preguntó Honda-. Pues es una lástima, porque no nos hemos puesto de acuerdo democráticamente en quién lleva la voz cantante aquí.

-¿Quién dices que cantaba, Honda? –quiso saber Jounouchi-. Ah, sí, Otogi, qué sorpresa verte entero. Hace años que no te aparecías por aquí.

-Mis mejores deseos para ti también, Jounouchi –dijo el aludido-. Sabes, en estos dos meses en los que estuve ocupado, ayudando a mi padre con el nuevo negocio, lo que más eché de menos fue el ambiente amical. Cómo me habían hecho falta, gente.

Las últimas 5 palabras fueron dichas en un tono que estaba a medio camino entre el sarcasmo y la incredulidad, y que en su forma final sonaba a aburrimiento.

-Pues mira que Jounouchi no pudo evitar pensar en ti en estas ocho semanas –dijo Honda-. ¿Quieren seguir con el emotivo reencuentro aquí o hacemos mérito y entramos a clase?

-No, ¿para qué? –dijo Jounouchi-. Si tenemos las maletas más cultas de toda la prepa. Asisten a clase, están presente, escuchan clase por nosotros, nos guardan el sitio y hacen mérito. Qué pena nomás que no den exámenes por uno.

En efecto, ninguno de los cuatro presentes llevaba su maleta con ellos. Las habían dejado sobre sus carpetas como señal inequívoca de que habían cumplido con el primer paso en su educación, que era llegar a la escuela. Algún día recordarían completar todo el proceso de la instrucción media, y tal vez hasta asistirían a clase materialmente. Recordarían que entre sus números se paseaban seres que no eran tan ectoplasmáticos, por más que en aquellos precisos instantes, uno de aquellos entes que probaba lo común y silvestre que podía ser la existencia en esta ciudad, en esas épocas, no se encontraba entre ellos. Para la contemplación de disyuntivas y sus posibles soluciones habría que pasar primero por los pasos previos de la formulación del problema y la hipótesis del caso. Y era necesario recordar que para que una disyuntiva calificara como tal, una disyuntiva, se necesitaba de dos opciones como mínimo en la abstracción del asunto.

Sin embargo, en la abstracción del asunto toda la historia quedaba reducida a mi mínima expresión, una palabra que gritaba verdades y que recordaba errores del pasado inmediato, magnificando metidas de pata fortuitas a los niveles de pecados capitalizados, no capitales. Por otra parte, las dos opciones de la disyuntiva eran tan viables como apocantes para la devaluada honra personal.

Y cuando la voluntad de uno se comparaba con las dimensiones de un guijarro del camino siempre había alguien dispuesto a patearla.

-Sabes –dijo Yuugi, sentado en el suelo y apoyado en la baranda de la azotea-, yo no tengo problemas si quieres lanzarte. Siete metros en 3 segundos del aquí al suelo, porque la gravedad siempre es constante. Lo único que me molestaría –y sonrió-, es que ése es mi cuerpo.

Su compañero se limitó a cerrar los ojos, como si buscase concentrar su ser en algún punto que no era el allí ni el ahora, o como si simplemente estuviese invocando paciencia divina.

-Silencio, socio –pidió-, que estoy atravesando una de mis crisis, ¿entiendes? No estoy como para escuchar tus ánimos suicidas.

-Yo sólo estaba apoyando –dijo Yuugi, haciendo pucheros-. Bueno, si me mandas callar, me callo.

Pasaron varios minutos, sopló el viento del este y se llevó consigo varios jirones de nubes, el sol comenzó a ascender lentamente hacia el cielo, y ni la iluminación divina ni la paciencia invocada llegaron.

-De acuerdo, habla –dijo el ectoplasmático ser venido a materializaciones desesperadas-. Dime lo que tengas que contar.

-Tienes dos opciones –comenzó el chaparro-. Olvidarte del asunto o intentar resolver esto.

-Puedo intentar olvidarme de resolver el asunto.

-Eso no funka (4).

-No pedí funkabilidad de opciones.

-¡Igual no funka!

-Esto –dijo el otrora espíritu- es mi karma.

Yuugi no tenía ganas de recordarle que él ya era un espíritu, estaba muerto, por lo tanto, y no reencarnado, de modo que era poco probable que el peso de su karma viniera a aplastarlo si todavía no había tenido un reset de acciones.

-Si dejas esto para otro día –empezó Yuugi-… Sé lo que estás pensando. Crees que puedes dejar esto para otro día, ¿a qué no? Que puedes pensar en esto otro día… Total, qué son 3000 años en tu existencia comparados con un día más… Qué mortal te entendería…

-Socio, nadie me entiende porque yo ya superé la inmortalidad. Yo ya estoy muerto.

Como en todo planteamiento de problema y la formulación de su respectiva hipótesis, las conclusiones no siempre tendían a ser verdaderamente… concluyentes. La objetividad con la que se mirase un objeto estaba sujeta al cambio si se le observaba con otro ojo; la perspectiva variaba considerablemente de un extremo a otro. Y no era de extrañar. Porque abajo, un poco más abajo, cuatro amigos discutían sentados a lo largo del pasillo, las espaldas contra las paredes.

-¿Qué, Otogi, tú ya lo sabías? –preguntó Jounouchi, destaparrándose en su medio metro cuadrado de suelo particular.

-Sólo sé lo que sabe el resto –contestó Otogi, sentado al extremo opuesto de la fila-: que entre dos de nuestros compañeros hay un impase.

-Aprende, Honda, que éste dice “compañeros” y no se va por las ramas de la amigonorería.

-Hey, Jou, si sigues poniéndolo de esa manera nos matas el sentido de la camaronería y así no es la cosa –dijo Honda, segundo desde la izquierda.

-Bueno, Otogi –dijo Bakura, a la derecha del aludido-, ¿y tú qué piensas al respecto?

-¿Estoy obligado a pensar? De acuerdo, para variar un poco las cosas aquí entre nos, lo haré. Yo creo que todo este asunto no nos incumbe.

-¿Ah, sí? –exclamó el rubio, alzando la voz-. ¿O sea que a ti esta vaina te llega al pincho? (5)

-Yo no dije eso con esas palabras, Jounouchi.

-Qué importa, la intención es lo que cuenta.

-Tampoco fue mi intención darte a entender eso, Jounouchi.

-Me gastas el nombre.

Un breve silencio se paseó entre los presentes, dio unas cuantas vueltas en derredor, y se fue por donde había llegado.

-Hey, Otogi –dijo Honda-, supongo que Kaiba sí estaba en el salón, ¿no?

-Sí.

-Ja, ja –dijo Jounouchi, poniendo ambas manos tras la cabeza-. ¿Y, recua de seguidores, no que estamos aquí, esperando como cojudos, esperando a ver el espectáculo? Ése al que ustedes no les importa ni nada, sí, ése.

-Allá tú si quieres esperar como cojudo. Yo sólo estoy en plan de fuga del salón, si no te has dado cuenta –respondió Honda.

-Como ya hemos faltado a un par de clases, no importará que seguimos faltando, ¿no? –dijo Bakura-. Si Yuugi decide faltar por sus motivos, bueno, esto tampoco tendría que importarnos mucho, ¿no?

-¿Yuugi? –recordó Otogi-. Creo que otros chicos del salón dijeron que lo habían visto andando por las escaleras del tercer piso, rumbo a la azotea… Claro, no es que eso sea de interés para mí y, por extensión, para ustedes, pero ya que a nadie le importa ese dato no hace daño que se los diga, creo.

-De la indiferencia a la sabiduría hay un paso –dijo Kaiba, como quien recitaba un mantra-. Porque la actitud de la indiferencia rompe el encanto de las diferencias y predispone al verdadero conocimiento en el que el sujeto cognosciente, el objeto conocido y el medio a través del cual el sujeto conoce al objeto, son lo mismo. (6)

Y por primera vez desde que Kaiba había hecho su aparición, de pie en el marco de la puerta –luego de que Jounouchi soltara su corta carcajada sarcástica-, los cuatro se volvieron a verlo.

-Nunca entendí el yoga –dijo Otogi a modo de saludo-. Eh… ¿Terminó la clase?

-No, aún no –respondió Kaiba neutralmente, agraciando al grupo con una mirada colectiva en la que los hacía partícipes de su decisión de asomar al pasillo a ver qué había más allá de la puerta del salón.

En todo caso, era muy temprano aún para que la segunda clase del día llegase a su fin, en la misma medida en la que era muy tarde para intentar una reivindicación intentando pasar a escuchar lo que la lección tuviera a bien ofrecerles por el resto del día.

Otra pausa bajó, se posó entre ellos, revoloteó efímeramente y, cuando alzó el vuelo y desapareció, dejó a todos los presentes con un nuevo partícipe en la reunión. Porque, era de esperarse, en una hipótesis se manejan diversas variables. Dependiendo de varios factores y la manera en que éstos entran en juego, los resultados podían cubrir una amplia gama de posibilidades. Si, por ejemplo, en ese momento todas las variables viraran hacia el único resultado plausible en la que, dada la hora y el lugar, el único estudiante de la clase que no se encontrara en el salón o del otro lado de la puerta del salón –es decir, el pasillo- tuviese a bien acercarse al lugar… El resultado era la resolución del asunto que a todos interesaba pero que no podía importarles desde principios de esa semana.

Yuugi apareció de pie junto a Jounouchi, a tres metros de la puerta del salón de clases y, por consiguiente, de Kaiba. Ambos se miraron por un instante, se estudiaron, y en momentos en que los otros presentes sentados en el espacio que los separaba comenzaban a pensar en la posibilidad de abrir las apuestas sobre quién daba el primer golpe, Kaiba habló.

Fin del capítulo 8


NOTAS
(1) César Vallejo está considerado como el máximo exponente de la poesía peruana. Vivió a principios del siglo XX y fue reconocido póstumamente… La más famosa fotografía de Vallejo (que incluso aparece impresa en billetes) lo muestra con una expresión de… ¿fastidio? Juzguen ustedes. Georgette era su esposa.

(2) Dar medio (Exp. coloq.) “Dar un bledo por algo”. No importarle en lo mínimo.

(3) Incendio ocurrido a finales del año 2001 en el centro de la ciudad de Lima. La referencia viene del hecho de que según el manga, la recién inaugurada tienda de Otogi y su padre sufre un incendio bastante casual (tiene que ver con espíritus de faraones, Indiana Mutou y juegos de las sombras), algo que no aparece en el anime porque, quién sabe, tal vez era darle demasiado background a un personaje como Otogi.

(4) Funkar (verb. y exp. coloq.) Funcionar, dar resultado.

(5) Me llega al pincho (exp. vulgar) Ah, es que poner que el asunto nos da vueltas por las zonas genitales no deja el mismo efecto en la conversación (pero la idea es la misma).

(6) Escribí ese párrafo hace millones de años… Pero si la memoria no me falla, esa frase proviene del Mahabharata. De allí que Otogi mencione el yoga en las siguientes líneas.

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