Sin Título
La compra de esa mesa quedaba como otro de los asuntos que ninguno de los dos discutía mucho, pero se conocía los hechos. Jr. la había conseguido en una subasta de antigüedades a un precio por el cual bien podían haber agregado una segunda montaña natural a la Fundación, o en su defecto, al menos otro lago artificial. Te será de utilidad dijo Jr. momentos después de obsequiarle, solícito, la mesa a Gaignun. Posiblemente ese entusiasmo al momento de entregar el regalo cual ofrenda reivindicadora se debía a que, justamente, Jr. le estaba presentando una mesa de madera legítima como ofrenda reivindicadora, con la oculta esperanza de que se le perdonara por otra compra millonaria. Tienes tu escritorio pero nunca se sabrá cuando hará falta una mesa extra había explicado Jr.
Era una mesa de madera, cuadrada o más bien rectangular. Rectangular, diría Jr. Marrón como casi cualquier mesa de madera que existía en cualquier planeta de la Federación, y tapizada en color verde, al menos en la superficie.
Y había pasado a hablar de las características de la mesa como quien quisiera venderle elefantes disecados a un coleccionista de marfil. Y es que cuando alguien paga por una mesa de madera una cantidad por la cual se podría adelantar la evolución humana unas 9,000 generaciones y hacer aparecer al Übermensch como por arte de avance tecnológico forzado por necesidad, cualquier argumento queda corto. Significativamente corto.
Esta pieza de arte milenario está diseñada para ser 100% útil. No, mejor ponle 110%, porque te es útil hasta cuando no lo es, explicó Jr. Pones las cosas encimas si estás trabajando, sacas las cosas de encima si ya te aburriste del trabajo, y te pegas un jueguito. Ah, y los agujeros que tiene en las esquinas y a la mitad te pueden servir para… meter cosas. Jr. había olvidado mencionar que el diseño de la mesa evitaría que los bolígrafos, la finísima vajilla y todo el muestrario de objetos anacrónicamente elegantes y refinados de Gaignun se cayeran por los bordes.
Tal vez se le pasó la mano con la mención del 110% de utilidad, Jr. pensaría más tarde. Más tarde, justo después de que Gaignun decidiera darle funcionalidad agregada a esa utilidad y comenzara a usar la mesa para jugar. Para jugar billar, que era presumiblemente la razón en mente con la cual fue construida esa mesa hace unos cuantos milenios. Jr. decía que tenía que haber sido hace unos cuantos milenios en todo caso; era imposible conseguir un permiso de la Federación para talar todos los árboles que se necesitaba para la confección de una mesa similar.
Y es que Gaignun, en virtud de unos talentos únicos y potenciales que por ser eso mismo, potenciales, jamás salían a relucir hasta que él los usara exponencialmente, resultó ser un admirable billarista. Hablando del coleccionista de marfil, Jr. se había encargado de que, claro, la mesa llegara con el juego completo de bolas de colores (marfil auténtico, y el nombre técnico de las bolas es “billas” decía el manual de uso (1)) y un par de tacos. De madera auténtica. De qué tipo, hasta esos niveles de conocimientos en carpintería no llegaba Jr.
En todo caso, la historia de la mesa de billar que siempre (siempre desde ese momento para adelante, es decir) adornó la oficina de Gaignun dio comienzo cierta mañana, cuando Jr. entró a ver al dueño del estudio/despacho y lo encontró practicamente algunos golpes básicos. Absolutamente básicos, como una pifia medida desde el centro de la bola en 30.75mm con un ángulo de 43 grados para lograr un tiro de piqué en corrido-retroceso (2), clara señal para el que quisiera entenderlo que Gaignun había pasado al menos dos noches seguidas calculando ese movimiento. Pero Jr. no era de los que querían comprenderlo todo al primer vistazo (si lo fuese, sin duda hubiera entendido a la primera que en realidad Gaignun le estaba diciendo que tenía la cabeza demasiado dura para entender ciertas cosas), así que en lugar de maravillarse retó a Gaignun a un juego. Una jugadita, dijo. Déjame intentarlo, ya que después de todo yo te compré esa mesa, agregó (más o menos faltando a la verdad).
Gaignun nunca dijo porqué, pero accedió al pedido. Posiblemente para reírse de por vida del incidente, como bien se podía deducir del asunto, pero la verdadera razón se la guardó de allí a la posteridad.
Mira este movimiento, dijo Jr. al tiempo que colocaba el taco en un ángulo de casi 64 grados, un tiro massé con curvatura sumamente pronunciada con pérdida de fuerza entre la bola y el paño, y nótese que mencionaba bola antes que paño (luego de descubrir que tal era el nombre técnico-billarístico para el tapizado verde de la mesa). Esto hará saltar la bola, continuó diciendo, aunque en términos algo más específicos hubiera tenido que decir en verdad que haría bolar a la bola al atacarla a 0.5R por encima del centro de 12.3mm a causa de la pérdida de velocidad por deslizamiento, añadiendo una ínfima cantidad a la transferencia de energía en el momento en que le pegaba a la mencionaba bola. (3)
Hay tiros con efecto. De hecho, debió haber habido tiros con efecto allá en otros tiempos, cuando este deporte se jugaba en cualquier lugar social y público y no pedía, por ejemplo, una sala especialmente acondicionada con aislantes de ruido, paredes recubiertas por aleación especial de titanio y geocristal, y ventanas laminadas de 5 pulgadas de grosor. Que fue lo que Gaignun decidió implementar en su oficina luego de que Jr. partiera por la mitad el taco, enterrara uno de los extremos unos 10 centímetros en la mesa, rasgara medio metro el paño y mandara a volar la bola, que rebotó en el techo, cayó sobre el escritorio de Gaignun, saliera disparada hacia la ventana (el laminado, milagrosamente, sobrevivió al impacto y no se quebró, aunque terminó dibujando algo parecido a una tela de araña gigantesca con un agujero en medio), volviera a impulsarse en ésta, se incrustara en la rockola, vieja, invaluable y después de ello, inutilizada, y por último, sin que nadie pudiera explicar cómo habían funcionado las leyes de la física en todo ello, volviera a dispararse contra la puerta de la oficina para acabar con su efímera (aunque no ciertamente corta) carrera dos habitaciones más allá, en la sala de recepción, fallando por pocos centímetros una maceta hecha en cerámica auténtica con un helecho igualmente auténtico.
Reparar la mesa costó lo mismo que mover de sitio la montaña de la Fundación, si es que Gaignun hubiera despertado un día y decidido que prefería ver al pico rocoso del lado este en vez del oeste. Luego de ello, reparar su oficina no fue un gran problema ni un gran asunto a discutir. Es más, Jr. ni siquiera lo mencionó al ordenar las refacciones, y de hecho tuvo un gran cuidado en no tratar asuntos de mesas durante un buen tiempo. Hasta que Gaignun compró su propia mesa para la sala de conferencias, es decir.
FIN
NOTAS
(1) Una de mis primas siempre me juró que las bolas de billar se llamaban “billas”, pero nunca me dio por buscarlo en enciclopedia alguna.
(2) Sólo un montón de palabrerío aleatorio que obtuve de una página web sobre billar.
(3) ¿Se nota que me gustó eso de poner oraciones sin mucho sentido cuando hablo de billar?
Write a comment