Those long days passing by from that door, like late summer. They slowly fade away.

Heaven, Persona 4

Sin Título

Revisaba los archivos en mi computadora y encontré ésto, unas pocas páginas de un fic de Yuugiou que no había tocado en por lo menos cuatro años (tirando a cinco). ¿Cómo lo supe? Por la última fecha de modificación del archivo. Sinceramente, ni siquiera me acordaba que lo había escrito; este fragmento/extracto/ALGO era parte de un fic de Yuugiou que tenía lugar dentro de la no-trama de Nada Que No Hayas Visto Antes.

En fin, dejé pasar tanto tiempo, perdí los manuscritos y, en general, dejé de tenerle cariño al fandom de YGO, que ya no recuerdo cuál era la trama de este fic. Además de que mi estilo ha cambiado (en algo, salvo la parte que tiene que ver con la redundante redundancia), y no me veo continuando este fragmento/extracto/ALGO. De todas formas, pensé que podía postearlo en mi blog. Como para recordar que todo tiempo pasado… fue anterior. Y que antes sí me entretenía escribir fics de YGO, o sea.

[título] Blah blah blah, no tiene.
[fandom] Yuugiou
[personajes] Hiroto Honda, Ryou Bakura
[rating] PG, por el lenguaje
[palabras] 2,033

[resumen] Ubicado en un desfase espacio-tiempo entre los capítulos 5 y 6 de mi fic Nada Que No Hayas Visto Antes. ¿Qué es lo que hacen Honda y Bakura cuando no están haciendo nada más? Nada más en el sentido de gravitar por allí, ofrecer comentarios que vienen a pelo, hablar usando jerga muy peruana y estar OOC, en general.



Era el primer descanso del día, y todos los alumnos de la prepa de Domino, presintiendo uno de aquellos ominosos momentos decisivos en la vida de todo ser humano, habían fugado del lugar de los hechos ante tan perentorio porvenir: ser testigos de un debate entre nihilismo nietzscheano y peiripatética aristotélica que podía devenir en incoercible masacre.

O eso temían.

En el desalojado salón de clases permanecía un solitario individuo, aunque contaba por dos. Bakura estaba sentado en el respaldar de la carpeta, las dos piernas estiradas sobre el tablero, y francamente aburrido.

Unos minutos más tarde, Honda entró al aula, cerrando la puerta tras él.

-Dime que mi día está siendo realmente extraordinario –dijo-. Caso contrario, no sabría explicar porqué te encuentro a ti aquí y ahora.

Metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta, Bakura tan sólo lo miró.

-Tu día está más cagado que lo usual –le dijo a Honda-. Caso contrario, no estaría yo por aquí.

-¿Quieres decir que has venido a ayudarme con el descague? –preguntó Honda, pasando de frente a su carpeta-. Inusual, proviniendo de ti. Estoy acostumbrado a verte hacer exactamente lo contrario.

-Sólo pretendo hacer de tu día una fecha realmente extraordinaria. –Bakura se echó hacia atrás, apoyando ambos pies en el tablero para contrabalancear su peso y evitar rodar con la carpeta. Miró a Honda-. ¿Tienes alguna idea en mente para inaugurarnos la jornada?

Honda recogió su maleta y la Bakura de sus respectivas carpetas.

-Para comenzar –dijo-, podemos zafar cuerpo antes de que alguien se pregunte en dónde estamos. Y tú –agregó-, ¿le encuentras algo interesante a la carpeta de Kaiba, o es que buscas algo por allí?

-Me preguntaba en dónde anda el que se supone debe ocuparla. –Bakura dejó la carpeta de un salto-. Se llevó sus cosas. Parece que también se dio cuenta de que el día era demasiado bonito como para desperdiciarlo en el colegio.

Camino a la puerta, Honda le lanzó su maleta y Bakura la atrapó al vuelo.

-Casi termina el descanso –informó Honda-. Aprovechemos para salir mientras los estudiantes aún están en los pasillos y pueden ser testigos de nuestra fuga.

-Oh. –Bakura salió del salón tras él-. ¿Qué caso tiene hacer algo si nadie se va a enterar?

Así que ambos desaparecieron de la preparatoria luego de recorrer los pasillos, a vista y paciencia de estudiantes y profesores, y de cruzar la puerta principal del centro educativo. Tal y como lo supusieron, nadie les dirigió palabra alguna.

-Están un poco indiferentes hoy –observó Bakura, lo bastante alto para que los demás lo escucharan-. ¿Será por mí?

-Discúlpales el ahuevamiento –dijo Honda, ganando la calle-. No es común verte por aquí.

-¿Les sorprende tanto verme a mí?

-Me incluyo en la lista de los ahuevados por ti –comentó Honda, en doble o tal vez triple sentido-. ¿Alguna razón en especial para tenerte entre nosotros?

Bakura, caminando calle abajo con él, le contestó mientras se quitaba la chaqueta y se abría los dos primeros botones de la camisa.

-¿Aparte de las ganas de ver el espectáculo ajeno? –preguntó, la maleta en una mano y la chaqueta en la otra-. Quería para el día contigo. El otro no se opuso. De hecho, el otro no dijo nada al respecto. O no debería decirlo…

-Si no me tuviera cojudo todo este asunto –dijo Honda, buscando algo en sus bolsillos-, ten la certeza de que te lo contaría. –Sacó una cajetilla y extrajo un cigarrillo. Lo encendió-. ¿Qué hora es? ¿Mediodía? Vayamos a huevear al parque.

El lugar no estaba muy lejos, y demorarían unos minutos a pie en llegar hasta allí. Era un concurrido recoveco que los estudiantes visitaban en horas de clases (en plena fuga), en parejas o cuando no tenían mejor manera de matar el rato. Ese parque, sus árboles y sus bancos eran testigos de mil y una declaraciones de amor, románticos intercambios verbales y otras más interactivas actividades que suponían permutaciones salivales entre los participantes. Honda solía pasar el tiempo allí con Bakura, pero no con éste.

El chico del pelo blanco se limitó a quitarle el cigarrillo de los labios cuando lo tuvo a medio consumir, y le dio una larga pitada.

-Demasiada nicotina –le hizo ver Honda.

Bakura, que se había echado al hombro la chaqueta para tener libre la mano, exhaló lentamente el humo.

-¿Preocupado porque tal vez no viva para ver a nuestros nietos? –preguntó-. De cualquier manera, de algo tengo que morirme, y no es como si tú y yo fuéramos a educar críos.

-No profetices antes de tiempo –dijo Honda-. Siempre nos queda la adopción.

En el parque, ya diversas y risueñas parejas se encontraban apostados en varios puntos del lugar, cada cual ocupada en sus asuntos y ajena a lo que podría pasar a su alrededor.

Pasando una mano por sus cabellos, Bakura declaró:

-Esto es un espectáculo. –Tiró la colilla del cigarrillo en cualquier lugar-. Me siento como en el circo.

Honda lanzó una mirada al perímetro del lugar.

-Ahora disfrutarás de un palco en primera fila para ver a los monos y sus monadas. –Señaló a un árbol cercano-. Buen sitio.

Una cerca de mediana altura restringía el acceso de los transeúntes a las zonas verdes del lugar, pero los dos la saltaron fácilmente e hicieron caso omiso del letrero que prohibía pisar el césped. Después de todo. ¿Él y cuántos más impedirían que pusieran pie sobre el pasto?

Honda se echó de espaldas bajo las ramas del árbol, usando las manos como cojín. Pero notó que Bakura permanecía de pie frente al árbol.

-¿Qué haces? –le preguntó.

-De este puto lado, el viento sopla directamente en mi dirección –respondió Bakura-. Tenía que soplar de oeste a este para que no me jodiera la vida.

Honda lo miró.

-¿Puedes cambiar la dirección del viento? –le preguntó.

Bakura le devolvió la mirada.

-Entonces –dijo Honda, cerrando los ojos-, siéntate y no jodas tú.

El sonido del maletín cayendo a tierra, acompañado por el murmullo de la tela de la chaqueta aterrizando sobre el primer objeto, le dijeron que el chico del pelo blanco había decidido hacerle caso. Pero no fue sino hasta unos momentos después que sintió a Bakura dejándose caer a su lado.

Luego, sintió a Bakura inclinándose sobre él y buscando en los bolsillos de su chaqueta hasta dar con los cigarrillos y el encendedor.

-Puto sea el jodido viento –dijo Bakura, el cigarrillo entre los labios mientras lo encendía-, y jodido seas tú por tener la puta razón. –Tiró el encendedor, que cayó a unos pasos de distancia-. Claro que si no fueras ni la mitad de jodido, no me gustarías tanto.

Honda abrió un ojo y lo miró; Bakura no estaba apoyado contra el tronco del árbol, sino recibiendo de lleno las corrientes de aire que tan filosófico lo ponían, con las rodillas flexionadas y los antebrazos descansando en ellas. Y dejaba que el cigarrillo se consumiera entre sus labios, la vista perdida en algún punto del horizonte medianamente cercano.

Tras abrir el otro ojo y levantar un poco la cabeza, Honda siguió la trayectoria de la mirada de Bakura y encontró a una pareja, sentada en una banca a unos metros de distancia.

-Son de la sección “d” –informó-. ¿Por qué el repentino interés en ellos? ¿Tienes algo planeado?

-No –contestó Bakura; sólo a Honda agraciaba con respuestas directas y concisas-. ¿Así se llamaban? No tienen importancia.

-Pero pensabas que… –comenzó Honda.

-Pero pensaba que –continuó Bakura- se ven cagadamente lindos cogidos de la mano y chapando y putos…

-¿Putos?

-Putamente cursis. –Bakura se quitó el cigarrillo de los labios y golpeó la colilla para desprender las cenizas en las que se había convertido la punta-. ¿Qué crees que le está diciendo el tipo a la tía? ¿”Te quiero”, “estaré por siempre junto a ti”, “vámonos a la cama de una vez”?

-“Mi amor, mejor nos vamos rápido porque al frente están los dos homosexuales de la otra clase que también se fugaron de la prepa.” –Honda volvió a recostarse y cerró los ojos.

-¿Homosexuales? –preguntó Bakura, olvidando por unos segundos a la pareja-. ¿Así es como nos llaman? ¿Qué pasó con lo de gays y cabros?

-Un gay –explicó Honda, sin abrir los ojos-, tiene plata, tiene carro, va a fiestas fichas y se pavonea frente a toda la sociedad linda y bien. Un cabro, por otra parte, es un cobarde y un huevón que ni la cara puede dar porque teme que se la rompan el día que salga del closet. Así que, como ni tú ni yo cuadramos en lo uno o en lo otro, en homosexuales nomás nos quedamos.

-Ayer dijiste que el otro era gay –le recordó Bakura.

-El otro tiene un padre respetable, proviene de una familia acomodada y su nombre es bien tenido en la sociedad –le recordó a su vez Honda-. Mientras que tú vives conmigo en el departamento que yo tengo por la pensión que me pasan mis progenitores. ¿Entiendes ahora la diferencia?

Bakura se rio.

-Sí, lo entiendo –dijo-. ¿Quieres discutir ahora quién es la mujer en esta relación?

-Nada que ver. El otro me sacaría la mismísima si viera las huevadas que tú y yo hacemos sin su consentimiento.

-¡O sea que tienes que pedirle permiso al otro para ser hombre conmigo!

La animosidad le duró a Bakura el tiempo que tardó su cigarrillo en consumirse. Sacó otro de la cajetilla y buscó a tientas el descartado encendedor; mientras daba la primera pitada, ubicó con la mirada a la misma pareja en profundo embeleso.

-Ah –dijo-. Los putos tortolitos dejaron de gastar saliva jurándose cursilerías. Ahora están intercambiándola.

-Al menos –opinó Honda, sin mirar siquiera-, le están dando un uso. Un buen uso a las glándulas salivales, en vez de andar regando el suelo que el otro pisa con la baba.

Bakura le dio una larga pitada al cigarrillo, a la vez que dirigía una mirada a la pareja en la que estaban escritos todos sus buenos deseos para con ella. Al exhalar el humo, notó por primera vez que los dos jóvenes se dignaban darse por enterados de que él los observaba desde hace un buen rato. Se volvieron a mirarlo con solapada premeditación, cuchicheando entre sí.

-¡¿Pero qué mierda se creen esos dos?! –explotó Bakura-. ¿Qué, tienen algo que nosotros no? ¡¿Ustedes, putos cursos y jodidos críos…?!

Honda abrió los ojos en el preciso instante en el que Bakura se incorporaba y los dos chicos salían espantados del lugar. Lo miró en contrapicado y apenas sí le indicó:

-Siéntate.

Era una orden directa, y cosa irrepetible en la historia de la humanidad como criatura racional, Bakura acató el mandato. Regresó a su posición inicial.

-Luego pensaré –dijo, al cabo de un rato y pasando una mano por sus cabellos- desde cuándo es te hago caso y me tienes tan putamente entrenado.

-Ah –dijo Honda-. Hace un rato querías discutir quién era la mujer en la relación. ¿Ya te encontró la respuesta?

-Tal vez. Pero si fuera a aceptar que me tienes como adiestrada puta, pondría por sentado que tú eres el hombre en la relación.

–Bakura lo miró muy seriamente-. ¿No que tenías que pedirle permiso al otro para decidir tu hombría?

Honda se rio.

-Pero dejémonos de cosas serias y verídicas –dijo-. Cuéntame una mentira. Quiero escucharte decir una mentira, algo que no sepa. Por ejemplo… ¿Por qué te importa tanto lo que digan de nosotros esos dos?

-¿Esos dos? ¿Los dos tortolitos que acaban de fugar? Que digan los que le pegue su regalada gana. Me jode lo que se digan entre ellos.

-¿Las cursilerías que se dicen? ¿Me vienes ahora con que te importan esas tonterías?

-No. Que digan y se digan lo que quieran. Acá lo que importa es lo que pase por sus reducidas cabecitas. Que crean en el cuento del amor y toda la recatafila de cojudeces lindas.

Bakura notó que el extremo opuesto de su cigarrillo ya era una columna de cenizas. Aplastó la colilla entre las hojas de hierba, y buscó el cuarto cigarrillo del día.


Narración interruptus, ya que este fic quedará inconcluso por toda la eternidad.

Write a comment